El espíritu de escepticismo sobre cuestiones metafísicas no se limita en modo alguno a Occidente. En Oriente, no es inusual que la gente diga que sienten que el discipulado en una escuela mística los privará de su autonomía o les robará algo. Generalmente tales personas son ignoradas por los Sufis pues aún no han alcanzado la fase en que comprenderán que ya son prisioneros de una tiranía mucho peor (la del Viejo Villano) que cualquier cosa que pudiera ocurrirles en una escuela mística. Hay un sucinto chiste de Nasrudín que señala esto:
“Oigo a un ladrón en el piso de abajo”, le susurró una noche la esposa al Mulá.
“No oigo nada”, contestó Nasrudín. “No tenemos nada que pueda robarnos. Si hay suerte, tal vez él se deje algo olvidado.”
Nasrudín, ladrón de muchas casas vacías, siempre deja algo en ellas si los moradores saben reconocerlo.

Los Sufis

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Unsuited

‘Take up this sack and carry it to my house,’ said Nasrudin to a porter in the market. ‘May I be your sacrifice, Effendi. Where is your house?’ The Mulla looked at him aghast. ‘You are a disreputable ruffian, and probably a burglar. Do you think that I could ever tell you where my house is?’

The Exploits of the Incomparable Mulla Nasrudin:
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El elemento insospechado

En lo profundo de la noche, dos hombres reñían junto a la ventana de Nasrudín. El Mulá, envolviéndose con su única frazada, se levantó y salió corriendo con la intención de acallar el ruido. Mientras intentaba razonar con los borrachos, uno de ellos le arrebató la frazada y ambos escaparon. “¿Sobre qué discutían?” preguntó su esposa cuando Nasrudín entró nuevamente a su casa. “Debe haber sido sobre la frazada. Una vez que la consiguieron, la pelea se terminó.”

Las hazañas del incomparable Mulá Nasrudín:
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As façanhas do incomparável Mulá Nasrudin
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Reivindicando a los otros musulmanes

 

 

 

 

 

 

 

 

En una época en que las relaciones entre Oriente y Occidente parecen secuestradas por los fanáticos de ambos lados, recordemos la faceta más humana, compleja y sabia de la cultura islámica, que tiene una larga tradición de pensamiento sutil y avanzado, y está representada por el pensamiento sufí y los chistes de Nasrudín. Puede que los asesinos dominen los titulares, pero las noticias sólo cuentan ‘una’ verdad. Así que recuperemos el sentido común, autoconocimiento y humor; una receta digna de los mismos sufíes.

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Suposiciones

“¿Qué significa el destino, Mulá?” “Suposiciones.” “¿En qué sentido?” “Tú supones que las cosas irán bien, y no sucede así: a eso lo llamas mala suerte. Supones que las cosas irán mal, y no sucede así: a eso lo llamas buena suerte. Supones que ciertas cosas van a sueceder o no, y careces de intuición hasta tal punto que no SABES lo que va a suceder. Supones que el futuro es desconocido. Cuando eres sorprendido, a eso llamas Destino.”

Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudín
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Suposiciones


A BEACON OF SANITY IN OUR AGE OF POLARITY: ON CONTEMPORARY SUFISM AND THE WORKS OF IDRIES SHAH

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By John Zada

With the Internet and social media offering everyone an instant voice and platform, it sometimes feels as if we’ve all become standard bearers of a cause, or a medley of them. The ease with which we can publicly air our viewpoints everyday, even many times a day, has created a ruckus of opposing perspectives that is staggering in its intensity and breadth. We are exposed to many different ideas and points of view, which is a good thing. But what we fail to see in all the exciting rabble-rousing is that we’re also engendering a toxic culture of disputation that is seeping into all areas of life.

For all its often informative and sometimes humorous fits and spurts, Twitter, for example, has also become a forum for emotionality and opinion-mongering. A place where the digital free radicals of doctrine — “trolls” — ply their special form of harassment, and where any of us reacting angrily or cynically to what we deem wrong or ridiculous, can and do become members of a virtual mob. It’s reminiscent of the blood sport of the Roman coliseum, but where we the audience can also be participants — and vice versa — reveling in the thrill of the fight.

To be sure, our lust for debate in Western culture is nothing new. Linguist Deborah Tannen describes Western society, particularly North America, as an “argument culture” — one conditioned to its core by notions of dichotomy, dispute and ritualistic opposition. Even the quickest glance at our media, politics and legal systems reveals them to be hobbled by approaches that are black-and-white and deeply adversarial. Think: Super Bowl, filibusters, the lawsuit industry, and Jerry Springer.

Part of the issue is that we’ve inherited a mode of thinking deeply rooted in analysis and criticism. Indeed, the capacity for critical thinking which saved us from the magical and superstitious mind of the Middle Ages may now have become our worst enemy. This mental posture placed a heavy emphasis on either/or thinking and instilled in us an obsession with argument at the expense of cooperation and problem solving — a less automatic and thus more difficult modes of thinking. The blinders of high emotion and cult-thinking further confine us to our two-toned world.

Social media activity can deepen these ruts, sometimes elevating our pet peeves and paradigms, our concerns and cares, to compulsive fetishes. The result is a cacophonous Tower of Babel, where we air our fixations about everything under the sun: race, religion, politics, gender, identity, the environment, science, Donald Trump, conspiracy theory — anything will do. Everyone is vying to out-shout and out-clever the other. And if you get a million “likes” in the process, then all the better.

Irrespective of what else may define our current epoch, we are without doubt living in what we might describe as an “Age of Polarity.”

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El Tonto

Un filósofo, habiendo acordado una cita para debatir con Nasrudín, fue a buscarlo a su casa y descubrió que no estaba allí. Furioso, levantó un pedazo de tiza y escribió “patán estúpido” sobre la puerta de Nasrudín. Apenas llegó a su hogar, el Mulá vio esto y fue corriendo a la casa del filósofo. “He olvidado”, dijo, “que vendrías a buscarme. Y te pido disculpas por no haber estado en casa. Por supuesto, recordé la cita apenas vi que habías dejado tu nombre sobre mi puerta”.

Las hazañas del incomparable Mulá Nasrudín:

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El Tonto