Nasrudín es el espejo en el que uno se ve a sí mismo. A diferencia de un espejo común, cuanto más se contempla, más se proyecta el Nasrudín original sobre él. Este espejo es comparado a la célebre Copa de Jamshid, el héroe persa, que refleja el mundo entero y dentro de la cual los Sufis “miran”.

Dado que el Sufismo no se basa en la conducta o comportamiento artificial en el sentido de detalle externo, sino en el detalle comprensivo, los cuentos de Nasrudín tienen que ser experimentados además de meditados. Incluso el experimentar cada historia contribuirá al “regreso a casa” del místico. Uno de los primeros desarrollos de este regreso a casa es cuando el Sufi muestra signos de una percepción superior.

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El chiste o fábula corriente, conteniendo solamente un punto o énfasis, no puede compararse con el sistema de Nasrudín, idealmente un recital participativo que ejerce un efecto tanto interior como exterior o superficial. Las parábolas, fábulas o chistes ordinarios son considerados místicamente estériles porque carecen de penetración o verdadera fuerza regeneradora.

Aunque la compleja ingenuidad e intención del cuento de Nasrudín es más avanzada que, digamos, la figura de Baldakiev de los rusos, el Joha de los árabes o el Bertoldo de los italianos – todos ellos conocidos personajes cómicos –, algo acerca de la diferencia de profundidad en los relatos puede determinarse por medio de los chistes del Mulá y sus equivalentes apariciones esporádicas en otras partes.

Un cuento zen provee un ejemplo interesante. En él, un monje pide a un maestro que le dé una versión de la realidad más allá de la realidad. El maestro agarra una manzana podrida, y el monje percibe la verdad por medio de este signo. Se nos deja a oscuras en lo referido a qué yace detrás de, o qué lleva hacia, la iluminación.

La historia de Nasrudín acerca de una manzana, completa una gran parte de los detalles faltantes:

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The Burglars

Hearing someone moving about in his house, the Mulla became frightened and hid in a cupboard.
In the course of their search, the two burglars opened the door and saw him cowering there.
‘Why are you hiding from us?’ asked one.
‘I am hiding from shame that there is nothing in this house worthy of your attentions.’

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