El Sufismo, dado que es la armonización con la verdadera realidad, no puede parecerse a lo que nosotros tomamos por realidad, que de hecho es un conjunto de reglas generales. Por ejemplo, tendemos a observar los hechos de modo unilateral. También suponemos, sin ninguna justificación, que un hecho ocurre en un vacío. En realidad, todos los hechos están relacionados con todos los demás. No podemos apreciar la experiencia mística hasta que estamos listos para experimentar nuestra interrelación con el organismo de la vida.

Si observas cualquiera de tu actos o los de otro, descubrirás que fue provocado por uno de muchos posibles estímulos y también que nunca es un acto aislado: tiene consecuencias, muchas de ellas totalmente inesperadas y que no podrías haber planeado.

Otro “chiste” de Nasrudín subraya esta circularidad esencial de la realidad y las interacciones generalmente invisibles que ocurren:

Un día Nasrudín caminaba por una calle desierta. Caía la noche cuando vio un grupo de jinetes avanzando hacia él. Su imaginación empezó a trabajar, y temió que pudieran robarle u obligarlo a alistarse en el ejército. Tan fuerte se hizo este miedo que saltó un muro y se encontró en un cementerio. Los otros viajeros, ignorando los motivos imaginados por Nasrudín, sintieron curiosidad y lo persiguieron.

Cuando lo encontraron yaciendo inmóvil, uno de ellos preguntó: “¿Podemos ayudarte? ¿Por qué estás en esa posición?”

Nasrudín, comprendiendo su error, contestó: “Es más complicado de lo que suponen. Verán, yo estoy aquí por culpa de ustedes; y ustedes, ustedes están aquí por mí.”

Los Sufis

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El Sufismo


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Varios de los relatos de Nasrudín resaltan la falsedad de la creencia general humana de que el hombre tiene una conciencia estable. A merced de impactos internos y externos, la conducta de casi todo el mundo varía de acuerdo con su estado de ánimo y de salud. Si bien este hecho es obviamente reconocido en la vida social, no es admitido completamente en la filosofía o la metafísica formal. En el mejor de los casos, es deseable que el individuo cree en sí mismo un marco de devoción o concentración por medio del cual se espera que pueda alcanzar la iluminación o la plenitud. En el Sufismo, es la conciencia entera la que en definitiva ha de ser transmutada, comenzando por el reconocimiento de que el hombre no regenerado es poco más que una materia prima. No tiene una naturaleza fija, una unidad de conciencia. Dentro de él hay una “esencia”. Esta no está vinculada a todo su ser o incluso a su personalidad. En el fondo, nadie sabe automáticamente quién es en realidad, a pesar de la ficción que implica lo contrario. Nasrudín cuenta:

Un día el Mulá entró a una tienda.
El propietario se acercó para atenderlo.
“Lo primero es lo primero”, dijo Nasrudín. ¿Me viste entrar a tu tienda?”
“Por supuesto.”
“¿Me habías visto alguna otra vez?”
“Ni una sola en toda mi vida.”
“Entonces, ¿cómo sabes que soy yo?”

Por excelente que pueda ser como un simple chiste, aquellos que lo consideran como la idea de un hombre estúpido y que no contiene un significado más profundo, no son personas que estén en condiciones de beneficiarse de su poder regenerativo. Extraes de un cuento de Nasrudín apenas un poquito más de lo que has puesto en él; si a una persona le parece no ser más que un chiste, tal persona necesita más trabajo sobre sí misma. La vemos caricaturizada en este intercambio de Nasrudín sobre la luna:

“¿Qué hacen con la luna cuando es vieja?”, un estúpido le preguntó al Mulá.
La respuesta fue digna de la pregunta: “Cortan cada una de las lunas viejas para hacer cuarenta estrellas.”

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Varios de los relatos de Nasrudín


 

 

 

 

 

 

 

 

Solamente el místico que “vuelve” al mundo formal después de una experiencia literal de la interdependencia de cosas aparentemente diferentes o desconectados, es quien puede verdaderamente percibir la vida de esta forma. Para el Sufi, cualquier método metafísico que no adopte este factor es un método confeccionado (externo), y no puede ser producto de lo que él llama experiencia mística. Su propia existencia es una barrera para el logro de su supuesto objetivo.
Esto no quiere decir que el Sufi, como resultado de sus experiencias, se aparte de la realidad de la vida superficial. Él tiene una dimensión extra del ser, que opera paralelamente a la percepción menor del hombre ordinario. Nasrudín lo resume perfectamente en otro cuento:

“Yo puedo ver en la oscuridad.”
“Quizá sea así, Mulá. Pero si es cierto, ¿por qué a veces llevas una vela por la noche?”
“Para evitar que otros choquen conmigo.”

La Luz que porta el Sufi puede ser su adaptación a las costumbres de la gente entre las cuales ha sido arrojado tras su “regreso” de haber transmutado en una percepción más amplia. El Sufi es, en virtud de su transmutación, una parte consciente de la realidad viviente de toda la existencia. Esto significa que no puede considerar lo que ocurre – tanto a él mismo como a los demás – de la forma limitada en que lo hace el filósofo o el teólogo. Una vez alguien le preguntó a Nasrudín qué era el Destino. Él dijo: “Lo que llamas ‘Destino’ es en verdad una suposición. Supones que va a ocurrir algo bueno o algo malo. Al resultado real lo llamas ‘Destino’.” La pregunta, “¿Eres fatalista?”, no puede formulársele a un Sufi, porque él no acepta el concepto no corroborado de Destino que está implícito en la pregunta.

De manera similar, puesto que es capaz de percibir las profundas ramificaciones de un hecho, la actitud del Sufi hacia los sucesos individuales es abarcadora, no aislada. Él no puede generalizar a partir de datos artificialmente separados. “‘Nadie puede montar ese caballo’, me dijo el rey”, comenta Nasrudín, “pero yo salté a la silla.” “¿Qué ocurrió?” “Yo tampoco logré que se moviera.” Esto se propone mostrar que cuando un hecho aparentemente consistente es extendido a lo largo de sus dimensiones, cambia.

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Solamente el místico


 

 

 

 

 

 

 

 

La preparación de la mente Sufi no podrá ser la adecuada hasta que el hombre sepa que debe hacer algo por sí mismo… y deje de pensar que los demás pueden hacerlo por él. Nasrudín coloca bajo su lupa al hombre ordinario:
Un día Nasrudín entró a la tienda de un hombre que vendía toda clase de cosas.
“¿Tienes cuero?”
“Sí.”
“¿Y clavos?”
“Sí.”
“¿Y tintura?”
“Sí.”
“Entonces, ¿por qué no te haces un par de botas?”
El relato subraya el rol del maestro místico, esencial en el Sufismo, que le provee al potencial buscador el punto de partida para hacer algo acerca de sí mismo… ese algo siendo el “trabajo sobre sí mismo” bajo una guía, que constituye la característica sobresaliente del sistema Sufi.

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La preparación de la mente


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rumi narra una historia que se parece al relato de Nasrudín acerca del huevo, pero que resalta otro factor significativo. El hijo de un rey había sido puesto en manos de maestros místicos, quienes informaron que ahora ya no podían enseñarle nada más. A fin de ponerlo a prueba, el rey le preguntó qué tenía en su mano. “Es algo redondo, metálico y amarillo: debe de ser un tamiz.” contestó el muchacho. El Sufismo insiste en un desarrollo equilibrado de las percepciones internas y de la conducta y los usos humanos ordinarios.

El Sufismo niega, como ya hemos visto, la suposición de que solo porque uno está vivo, es perceptivo. Un hombre puede estar clínicamente vivo pero perceptivamente muerto. La lógica y la filosofía no lo ayudarán a lograr la percepción. Un aspecto del siguiente cuento lo ilustra:

El Mulá estaba pensando en voz alta.
“¿Cómo sé si estoy muerto o vivo?”
“No seas tonto,” dijo su esposa. “Si estuvieras muerto, tus extremidades estarían frías.”
Poco tiempo después, Nasrudín estaba en el bosque cortando leña. Era pleno invierno. De repente se dio cuenta de que sus manos y pies estaban fríos.

“Indudablemente estoy muerto”, pensó. “Entonces debo dejar de trabajar, pues los cadáveres no trabajan.”
Y como los cadáveres no van por ahí caminando, se tendió sobre la hierba.
Pronto llegó una manada de lobos y empezó a atacar al asno de Nasrudín, que estaba atado a un árbol.

“Claro, continúen, aprovéchense de un hombre muerto”, dijo Nasrudín, acostado. “Pero si estuviera vivo, no les permitiría estas libertades con mi asno.”

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Rumi narra una historia