Érase una vez una vaca. No había un animal en todo el mundo que diera regularmente tanta leche y de semejante calidad.

La gente venía de todas partes para ver esta maravilla; la vaca era ensalzada por todos. Los padres les hablaban a sus hijos de su dedicación con respecto a la tarea que le habían asignado. Los ministros de la religión exhortaban a sus rebaños a que la emularan como pudieran. Los funcionarios del gobierno se referían a ella como un modelo de comportamiento, planificación y pensamiento correctos que podría ser aplicado en la comunidad humana. En resumen, todos pudieron beneficiarse de la existencia de este animal maravilloso.

Había, sin embargo, una característica que la mayoría de la gente, absorta en las obvias ventajas de la vaca, no fue capaz de observar. Verás, tenía una pequeña costumbre: apenas se llenaba un balde con su leche verdaderamente inigualable… lo volcaba de una patada.

La sabiduría de los idiotas

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La vaca


Diagnosis

Bahaudin Naqshband visitó una vez al pueblo de Alucha después de que una delegación de ciudadanos, enterándose de que estaba pasando por una ruta cercana, lo esperaba y rogase que pasara un tiempo con ellos.

“¿Quieren satisfacer  su curiosidad en lo que respecta a mí, entretenerme y honrarme, o invitarme a que les imparta mis enseñanzas?” les preguntó. El líder del grupo, luego de una consulta con sus compañeros, respondió:

“Hemos escuchado mucho acerca de ti y puede que no hayas escuchado nada sobre nosotros. Dado que aparentemente nos brindas el inusual privilegio de recibir tu enseñanza, aceptaremos con gratitud esta opción de las alternativas que nos has ofrecido.”

Bahaudin entró al pueblo.

Toda la población estaba reunida en la plaza pública. Sus propios maestros espirituales escoltaron a Bahaudin hacia el lugar de honor; y cuando se sentó, el jefe de los filósofos de Alucha comenzó a dirigirse a él en estos términos:

“¡Presencia sublime y gran Maestro! Todos hemos oído hablar de ti, pues ¿quién no lo ha hecho? Pero, dado que sin dudas no estás familiarizado con los pensamientos de gente tan insignificante como nosotros, te rogamos que nos permitas delinearte nuestras ideas para que acaso puedas apoyarlas, enmendarlas o refutarlas, y seguramente todos nos beneficiemos de…”

Pero Bahaudin lo interrumpió, diciendo:

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El Kashkul

Se cuenta que, una vez, un derviche detuvo a un rey en la calle. El rey dijo: “¿Cómo te atreves tú, un hombre insignificante, a interrumpir el avance de tu soberano?” El derviche respondió:

“¿Puedes ser un soberano si ni siquiera eres capaz de llenar mi kashkul, el cuenco de un mendigo?”

Tendió su cuenco y el rey ordenó que se lo llenaran de oro.

Pero en cuanto parecía que el cuenco estaba lleno de monedas, estas desaparecían y de nuevo el cuenco se mostraba vacío.

Trajeron un saco de oro tras otro y el asombroso cuenco seguía devorando monedas.

“¡Alto!”, gritó el rey, “¡pues este embaucador está vaciando mi tesoro!”

“Para ti, yo estoy vaciando tu tesoro”, dijo el derviche, “pero para otros apenas estoy ilustrando una verdad.”

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Bahaudin Naqshband visitó una vez el pueblo de Alucha después de que una delegación de ciudadanos, enterándose de que estaba pasando por una ruta cercana, lo esperara y rogase que pasara un tiempo con ellos.

“¿Quieren satisfacer su curiosidad en lo que respecta a mí, entretenerme y honrarme, o invitarme a que les imparta mis enseñanzas?” les preguntó.
El líder del grupo, luego de una consulta con sus compañeros, respondió:

“Hemos escuchado mucho acerca de ti y puede que no hayas escuchado nada sobre nosotros. Dado que aparentemente nos brindas el inusual privilegio de recibir tu enseñanza, aceptaremos con gratitud esta opción de las alternativas que nos has ofrecido.”

Bahaudin entró al pueblo.

Toda la población estaba reunida en la plaza pública. Sus propios maestros espirituales escoltaron a Bahaudin hacia el lugar de honor; y cuando se sentó, el jefe de los filósofos de Alucha comenzó a dirigirse a él en estos términos:
“¡Presencia sublime y gran Maestro! Todos hemos oído hablar de ti, pues ¿quién no lo ha hecho? Pero, dado que sin dudas no estás familiarizado con los pensamientos de gente tan insignificante como nosotros, te rogamos que nos permitas delinearte nuestras ideas para que acaso puedas apoyarlas, enmendarlas o refutarlas, y seguramente todos nos beneficiemos de…”
Pero Bahaudin lo interrumpió, diciendo:

“Sin dudas les diré lo que pueden hacer, pero no hace falta que me digan nada acerca de ustedes.”

Entonces procedió a describirle a la gente sus métodos de pensamiento y también sus propias dificultades y la forma precisa en que consideran los diversos problemas de la vida y del ser humano.
Después de esto les dijo a los asombrados ciudadanos:

“Ahora, antes de explicarles cómo remediar esta situación, acaso quieran expresar algunos sentimientos reprimidos en sus corazones para que yo pueda explicarme en pos de su edificación; y de esta forma podrán prestar una atención completa a lo que estoy por decir.”
El mismo portavoz, después de consultar con la gente, dijo:

“¡Oh anciano y guía! La causa unánime de nuestro asombro y curiosidad es cómo puedes saber tanto de nosotros y nuestros problemas y nuestras especulaciones. ¿Estamos en lo cierto al inferir que semejante conocimiento solamente puede existir donde hay una forma superior de percepción directa, en un individuo inusualmente bendecido?”

Como respuesta, Bahaudin pidió una jarra, un cuenco con agua, un poco de sal y harina; echó la sal, la harina y el agua en la jarra. Luego le dijo al portavoz principal:

“Por favor, ¿serías tan amable de decirme qué hay en esta jarra?”
El hombre dijo:

“Reverencia, hay una mezcla de harina, agua y sal.”
“¿Cómo sabes la composición de la mezcla?” preguntó Bahaudin.
“Cuando los ingredientes son conocidos”, dijo el portavoz, “no puede haber duda alguna acerca de la naturaleza de la mezcla.”

“Esa es la respuesta a tu pregunta, que seguramente no requiere más explicaciones de mi parte”, dijo Bahaudin Naqshband.

La sabiduría de los idiotas

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Diagnóstico


 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Nawab Muhammad Khan, Jan-Fishan, estaba un día caminando por Delhi cuando se topó con varias personas que parecían estar involucradas en un altercado.
Le preguntó a un transeúnte:
“¿Qué está pasando aquí?”
El hombre dijo: “Sublime Alteza, uno de tus discípulos está objetando el comportamiento de la gente de este barrio.”
Jan-Fishan se abrió paso entre la muchedumbre y le dijo a su seguidor:
“Explícate.”
El discípulo dijo: “Estas personas han sido hostiles conmigo.”
La gente exclamó: “Eso no es cierto; al contrario… le estábamos rindiendo honores en tu nombre.”
“¿Qué dijeron?” preguntó el Nawab.
“Dijeron: ‘¡Salve, Gran Erudito!’ Yo les estaba explicando que a menudo la ignorancia de los eruditos es la responsable de la confusión y desesperación del hombre.”
Jan-Fishan Khan dijo: “La arrogancia de los eruditos es, muy a menudo, la responsable de la miseria del hombre; y es tu arrogancia, al afirmar que no eres un erudito, la que ha causado este tumulto. No ser un erudito, lo cual implica desapego de lo insignificante, es un logro. Raramente los eruditos son sabios, pues apenas son personas inalteradas repletas de pensamientos y libros.
“Esta gente estaba intentando honrarte. Si algunos creen que el barro es oro y es su barro… respétalo. No eres su maestro.
“¿No te das cuenta de que, al comportarte de ese modo tan susceptible y obstinado, estás actuando igual que un erudito y por lo tanto te mereces el nombre, aunque sea como insulto?
“Cuidado, hijo mío. Demasiados traspiés en el Camino del Logro Supremo… y puede que te conviertas en un erudito.”

La sabiduría de los idiotas

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Inalterado


 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Nawab Muhammad Khan, Jan-Fishan, estaba un día caminando por Delhi cuando se topó con varias personas que parecían estar involucradas en un altercado.
Le preguntó a un transeúnte:
“¿Qué está pasando aquí?”
El hombre dijo: “Sublime Alteza, uno de tus discípulos está objetando el comportamiento de la gente de este barrio.”
Jan-Fishan se abrió paso entre la muchedumbre y le dijo a su seguidor:
“Explícate.”
El discípulo dijo: “Estas personas han sido hostiles conmigo.”
La gente exclamó: “Eso no es cierto; al contrario… le estábamos rindiendo honores en tu nombre.”
“¿Qué dijeron?” preguntó el Nawab.
“Dijeron: ‘¡Salve, Gran Erudito!’ Yo les estaba explicando que a menudo la ignorancia de los eruditos es la responsable de la confusión y desesperación del hombre.”
Jan-Fishan Khan dijo: “La arrogancia de los eruditos es, muy a menudo, la responsable de la miseria del hombre; y es tu arrogancia, al afirmar que no eres un erudito, la que ha causado este tumulto. No ser un erudito, lo cual implica desapego de lo insignificante, es un logro. Raramente los eruditos son sabios, pues apenas son personas inalteradas repletas de pensamientos y libros.
“Esta gente estaba intentando honrarte. Si algunos creen que el barro es oro y es su barro… respétalo. No eres su maestro.
“¿No te das cuenta de que, al comportarte de ese modo tan susceptible y obstinado, estás actuando igual que un erudito y por lo tanto te mereces el nombre, aunque sea como insulto?
“Cuidado, hijo mío. Demasiados traspiés en el Camino del Logro Supremo… y puede que te conviertas en un erudito.”

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Emirudin Arosi, quien procedía de una familia conocida por su apego a las creencias de una secta de entusiastas, encontró a un sabio y le dijo:
“Durante muchos años, mi esposa y yo hemos intentado con determinación seguir la vía derviche. Conscientes de que sabíamos menos que muchos otros, nos hemos contentado durante largo tiempo con gastar nuestra riqueza en la causa de la verdad. Hemos seguido a personas que han asumido la responsabilidad de enseñar, y de los que ahora dudamos. Sentimos pena, no por lo que hemos perdido en donaciones materiales que fueron despilfarradas, en nombre de la Tarea, por nuestros últimos mentores en inefectivos emprendimientos comerciales, sino más bien por el desperdicio de tiempo y esfuerzo, y por las personas que aún están en un estado de sometimiento a los ilusos que se autodenominan maestros; gente que irreflexivamente vive en una casa manejada por dos falsos Sufis, en un ambiente de anormalidad.”

El sabio, a quien la tradición llama Khwaja Ahrar, el Señor de los Libres, respondió:

“Ustedes se han arrepentido de su apego a esos ‘maestros’ imitativos, pero todavía no se han arrepentido de su autoestima, que les hace imaginar que tienen una responsabilidad para con los prisioneros de lo falso. Muchos de los prisioneros todavía están atrapados en la telaraña del engaño, porque tampoco ellos se han arrepentido del engaño y además quieren conocimiento fácil.”
“¿Qué tendríamos que hacer?”

“Vengan a mí con un corazón abierto y sin condiciones, incluso si tales condiciones son el servicio a la humanidad o que yo me muestre a ustedes como un ser razonable”, dijo el Maestro, “porque puede que la liberación de sus compañeros sea un asunto para expertos, no para ustedes. Incluso su capacidad para formarse una opinión sobre mí está deteriorada, y yo por lo menos me niego a depender de ella”.

Pero con toda naturalidad, y temerosos de estar cometiendo otro error, Arosi y su mujer dejaron pasar la oportunidad, para luego encontrar a otro hombre: uno que pudiera consolarlos. Y lo hicieron; sucedió que él era simplemente otro fraude.
Volvieron a pasar los años, y la pareja volvió a la casa de Khwaja Ahrar.
“Hemos venido en total sumisión”, le informaron al guardián de la puerta, “a ponernos en manos del Señor de los Libres como si fuéramos cadáveres en las manos del que lava a los muertos”.

“Buena gente”, respondió el portero, “su resolución parece excelente, propia de personas que el Señor de los Libres no dudaría en aceptar como discípulos. Pero no tendrán en esta vida una segunda oportunidad… porque Khwaja Ahrar está muerto”.

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Ahrar y la pareja adinerada