Nasrudín es el espejo en el que uno se ve a sí mismo. A diferencia de un espejo común, cuanto más se contempla, más se proyecta el Nasrudín original sobre él. Este espejo es comparado a la célebre Copa de Jamshid, el héroe persa, que refleja el mundo entero y dentro de la cual los Sufis “miran”.

Dado que el Sufismo no se basa en la conducta o comportamiento artificial en el sentido de detalle externo, sino en el detalle comprensivo, los cuentos de Nasrudín tienen que ser experimentados además de meditados. Incluso el experimentar cada historia contribuirá al “regreso a casa” del místico. Uno de los primeros desarrollos de este regreso a casa es cuando el Sufi muestra signos de una percepción superior. Por ejemplo, será capaz de comprender una situación por medio de la inspiración y no por una cerebración formal. Sus actos, por consiguiente, pueden a veces desconcertar a los observadores que trabajan en el plano ordinario de la consciencia: pero sin embargo sus resultados serán correctos.

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Nasrudín


 

Cuando yo tenía quince años, la Unión Soviética invadió y ocupó Afganistán. Mientras preparábamos arroz pilau poco tiempo después de eso, expresé una cierta ansiedad que había estado por un tiempo creciendo en mi interior. ¿Cómo podía nuestro padre esperar que fuésemos verdaderos afganos cuando habíamos crecido fuera de una comunidad afgana? Al regresar a casa, ¿no seríamos los niños forasteros, extranjeros en nuestra propia tierra? Esperé, y posiblemente deseé, el reconfortante relato de nuestro triunfal y eminente retorno a Paghman. No sucedió. Mi padre se veía cansado y triste. Su respuesta me sorprendió: “Les he dado cuentos para reemplazar una comunidad. Ellos son tu comunidad.”

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Cuando yo tenía quince años


Se necesita una mente de alto rango para reconocer el gran esquema de Dios a primera vista. Pocas mentes tienen éxito en hacerlo. La mayoría de las personas necesitan una larga experiencia antes de poder apreciar el maravilloso plan del Todopoderoso. Para una mente naturalmente pura y angélica esta asombrosa sinfonía cósmica es aparente desde el principio. Así fue para Mohammed, para Boheme, para Swedenborg, para Blake. ¿Qué es el hombre, después de todo, sino el manto del alma? Cuando decimos que un hombre es ‘intrínsecamente malo’, aludimos al estado de su mente heredada, no de su alma. El ropaje puede ser andrajoso, la escoria puede cubrir el oro, pero este sigue estando allí. Nuestros cuerpos son de la tierra y, así como nuestros padres, nos dejan. Nuestras almas son de Dios. ¡Oh hombre! ¿Existe cosa alguna que, poseyendo la amistad de Dios, no puedas conseguir? ¿Acaso tu alma no se esfuerza hacia Él como la montaña se alza hacia el sol y las aguas del mar hacia la luna? Verdaderamente avanzas en la luz de Su fortaleza, en el inextinguible brillo de Su ilimitada majestad, como una gran estrella – alumbrada por los rayos de un sol aún mayor – se lanza hacia los senderos de la noche iluminados por un millón de lámparas. Así como un barco es movido por las brillantes olas de la mañana, del mismo modo eres tú apremiado por el aliento de Su espíritu. Ciertamente eres de Dios como un niño es de su padre. ¿Qué es lo que tienes que temer entonces, Oh hijo de tal Padre?

Se necesita una mente de alto rango





El materialismo, el apego a las cosas del mundo, conlleva orgullo. Muchas personas religiosas sufren de orgullo: obteniendo placer e incluso regodeándose de ser buenas o religiosas. En círculos religiosos ordinarios es tan común que no se haga distinción entre las personas espirituales y las autoengañadas, que una enseñanza como la que el Sufismo ofrece sobre este punto ha sido considerada vital como un recordatorio y correctivo constante. Los más orgullosos aborrecen intensamente este recordatorio. Como consecuencia, siguiendo un patrón común, atacan a los Sufis… no a su propio problema.

Su problema es uno que los psicólogos han reconocido hace mucho; pero, cuando es absorbido por la retórica o la teología, suele escapar al análisis. Sus consecuencias, que oscilan desde el sacárselo de encima hasta la ingeniosísima malevolencia, reducen la posibilidad de que circule la información correcta. Se puede engendrar una hostilidad considerable de modo experimental para demostrar este padecimiento. Yo mismo, por ejemplo, más de una vez he enervado a “especialistas” contándoles chistes; y he complacido a otros de su tipo al proporcionar una apariencia de lo que en este momento está
de moda denominar aplomo.

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Orgullo en la religión