Se cuenta que un hombre acompañó una vez a Jesús en un viaje. Después de un tiempo los dos llegaron a la orilla de un río y se sentaron a comer. Entre ambos tenían tres trozos de pan.

Cada uno comió un trozo de pan, dejando el tercer pedazo. Jesús se levantó y fue a buscar agua del río. Cuando regresó no quedaba rastro alguno del pan.
“¿Quién se ha comido el pan?”, preguntó a su compañero. “No lo sé”, dijo el otro hombre.

Continuaron su camino hasta que encontraron a un ciervo con dos cervatillos. Capturaron a uno de ellos y comieron su carne. Jesús dijo.
“¡Con el permiso de Dios, levántate!” Y el ciervo fue resucitado milagrosamente.

Entonces Jesús dijo:
“Dime, por Él que hizo este milagro, ¿qué ocurrió con el trozo de pan?”

“No lo sé”, respondió su compañero.

Llegaron a otro río y Jesús lo cruzó caminando sobre la superficie del agua. “Dime”, dijo él, “por el Dios único que mostró este poder, ¿quién se comió el pan?”

“No lo sé”, dijo el otro hombre.

Finalmente llegaron a un lugar que se encontraba lleno de tierra y piedras.

Jesús reunió arena y tierra y sobre ella dijo:
“¡Con el permiso de Dios, conviértete en oro!”

De inmediato el polvo se convirtió en oro.
Jesús dividió el metal en tres porciones. Luego dijo:

“Una porción es para mí, otra es para ti, y la tercera porción es para aquel que comió la tercera porción de ese pan.”

Su compañero respondió:

“¡Fui yo quien la comió!”
De modo que Jesús le dijo:
“Entonces las tres partes del oro son para ti.”
Y siguió su camino.
Resulta que otros dos hombres habían visto el oro y decidieron robarlo, tras matar a su propietario. Trabaron amistad con él y le sugirieron que debía ir al pueblo cercano a comprar alimentos. Él estuvo de acuerdo, ya que su propia idea era envenenarlos. Compró pan y puso veneno en él.

Cuando regresó junto a los otros, se abalanzaron sobre él y lo mataron. Luego comieron el pan envenenado, y también ellos murieron.

Jesús pasó de nuevo por aquel camino, junto con algunos de sus compañeros, y viendo lo que le había ocurrido a los tres hombres, dijo: “Este es el mundo, de modo que teman al mundo.”

El yo dominante

JESUS Y EL ORO


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cierto rey decidió domesticar un lobo y convertirlo en su mascota. Este deseo se basaba en la ignorancia y la necesidad de ser aprobado o admirado por otros: una causa común de muchos de los problemas de este mundo.

Hizo que le quitaran a una loba uno de sus cachorros al nacer y lo crio entre perros mansos.
Cuando el lobo creció, lo llevaron al rey, y durante muchos días se comportó exactamente igual que un perro. La gente que vio este asombroso hecho quedó maravillada y pensó que el rey era un prodigio.

Actuando según esta creencia, convirtieron al rey en un consejero respecto de todos sus asuntos, y le atribuyeron grandes poderes.

El rey mismo creía que había ocurrido casi un milagro.

Un día, cuando estaba cazando, el rey oyó que una manada de lobos se acercaba. A medida que se aproximaban, el lobo manso saltó, gruñó mostrando sus colmillos y corrió a darles la bienvenida. Un minuto después había desaparecido, regresando con sus compañeros naturales.

Este es el origen del proverbio:
“Un lobezno siempre se convertirá en lobo, aunque sea criado entre los hijos del hombre.”

El camino del Sufi

La nueva traducción ya está disponible en formato tradicional, tanto en tapa blanda y dura, y por primera vez como eBook. Pronto también estará disponible el audiolibro.

Como siempre, puedes leerlo en nuestro sitio, gratis.

http://idriesshahfoundation.org/…/books/the-way-of-the-sufi/

EL REY Y EL LOBO


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había una vez un hombre llamado Mojud. Vivía en un pueblo donde había obtenido un puesto como funcionario menor, y parecía probable que terminaría sus días como inspector de pesos y medidas.

Una tarde, cuando estaba caminando por los jardines de un viejo edificio cerca de su casa, Khidr, el misterioso guía de los Sufis, se le apareció vestido de verde resplandeciente. Khidr dijo: “¡Hombre de brillantes perspectivas! Deja tu trabajo y encuéntrame en la ribera dentro de tres días.” Entonces desapareció.

Un trepidante Mojud fue a ver a su superior y le dijo que tenía que partir. Pronto, todos en la aldea se enteraron de esto y dijeron: “¡Pobre Mojud!, se ha vuelto loco”. Pero, dado que había muchos candidatos para su puesto, lo olvidaron rápidamente.

El día convenido, Mojud se encontró con el Khidr, quien le dijo: “Rasga tus vestiduras y arrójate al río. Quizás alguien te salvará.”

Mojud así lo hizo, aunque se preguntaba si se había vuelto loco.

Debido a que sabía nadar, no se ahogó; pero flotó a la deriva un largo trecho antes de que un pescador lo subiese a su bote, diciéndole: “¡Insensato! La corriente es fuerte. ¿Qué estás tratando de hacer?

Mojud dijo: “Realmente no lo sé”.

“Estás loco”, dijo el pescador, “pero te llevaré a mi choza de cañas junto al río aquel, y veremos qué se puede hacer por ti.”

Cuando descubrió que Mojud era bien hablado, aprendió de él a leer y a escribir. A cambio, Mojud recibió comida y ayudó al pescador con su trabajo. Después de unos pocos meses, Khidr apareció nuevamente, esta vez al pie de la cama de Mojud, y dijo: “Levántate ya y deja a este pescador. Se te proveerá con lo necesario.”

Mojud salió inmediatamente de la choza vestido como un pescador, y deambuló hasta que llegó a una carretera. Cuando nacía el alba vio a un granjero en un burro, camino al mercado. “¿Buscas trabajo?”, le preguntó el granjero. “Porque necesito a un hombre que me ayude a traer de vuelta algunas compras.”

Mojud lo siguió. Trabajó para el granjero durante casi dos años, al cabo de los cuales había aprendido mucho sobre agricultura, pero no mucho más.

Un atardecer, mientras estaba enfardando lana, Khidr se le apareció y dijo: “Deja ese trabajo, camina hacia la ciudad de Mosul, y usa los ahorros para convertirte en un mercader de pieles.”

Mojud obedeció.

En Mosul se hizo conocido como mercader de pieles, sin ver a Khidr durante los tres años en los que ejerció su oficio. Había ahorrado una suma considerable de dinero y estaba pensando en comprar una casa, cuando apareció Khidr y dijo: “Dame tu dinero, aléjate de este pueblo hasta la distante Samarcanda, y trabaja allí para un almacenero.” Mojud así lo hizo.

Pronto comenzó a mostrar indudables signos de iluminación: curaba a los enfermos, servía al prójimo tanto en la tienda como durante su tiempo libre, y su conocimiento de los misterios se volvía cada vez más y más profundo.

Clérigos, filósofos y otros los visitaban y preguntaban: “¿Con quién estudiaste?”
“Es difícil de decir”, decía Mojud.
Sus discípulos le preguntaban: “¿Cómo comenzaste tu carrera?”
Él decía: “Como un pequeño funcionario.”
“¿Y la abandonaste para dedicarte a la automortificación?”
“No, simplemente la abandoné”.
No lo comprendían.
La gente se le acercaba para escribir la historia de su vida.
“¿Qué has hecho en tu vida?”, le preguntaban.
“Salté a un río, me convertí en pescador; después abandoné su choza de caña en la mitad de una noche. Después de eso, me convertí en peón agrícola. Mientras estaba enfardando lana, cambié y fui a Mosul, donde me convertí en un mercader de pieles. Allí ahorré algún dinero, pero lo doné. Luego caminé hasta Samarcanda donde trabajé para un almacenero. Y aquí es donde estoy ahora.”

“Pero esta conducta inexplicable no arroja luz sobre tus extraños dones y ejemplos maravillosos”, dijeron los biógrafos.

“Así es”, dijo Mojud.

Entonces los biógrafos construyeron para Mojud una historia excitante y maravillosa; porque todos los santos tienen que tener su historia, y la historia debe estar en concordancia con el apetito del oyente, no con las realidades de la vida.

Y a nadie se le permite hablar directamente de Khidr. Es por ello que esta historia no es verídica: es una representación de una vida. Esta es la vida real de uno de los más grandes Sufis.

El Sheikh Ali Farmadhi (muerto en 1078) consideraba este cuento como importante para ilustrar la creencia Sufi de que el “mundo invisible” está todo el tiempo, en varios lugares, interpenetrando la realidad ordinaria.

Cosas, dice, las cuales consideramos como inexplicables son, de hecho, así debido a esta intervención. Es más, la gente no reconoce la participación de este “mundo” en el nuestro, pues creen que saben las verdaderas causas de los eventos. No lo saben. Es solamente cuando pueden concebir en sus mentes la posibilidad de que en ocasiones otra dimensión transgrede las experiencias ordinarias, que esta dimensión se les vuelve accesible a ellos.

El Sheikh es el décimo Sheikh y Maestro enseñante de los Khwajagan (‘maestros’), conocida luego como la Vía Naqshbandi.

Esta versión es del manuscrito del siglo XVII, de Lala Anwar, Hikayat-i-Abdalm (Cuentos de los Transformados)

Cuentos de los derviches
Puedes leer el libro, gratis, aquí:
http://idriesshahfoundation.org/…/libros/cuentos-de-los-de…/

Histórias dos Dervixes
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El hombre con la vida inexplicable


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un derviche de mente simplona, miembro de una escuela austeramente piadosa, caminaba un día por una ribera. Estaba absorto, concentrado en problemas de índole moral y escolásticos, pues esta era la forma que la enseñanza Sufi había tomado en la comunidad a la que él pertenecía. Este derviche equiparaba religión emocional con la búsqueda de la Verdad definitiva.

Repentinamente sus pensamientos fueron interrumpidos por un fuerte grito: alguien estaba repitiendo el llamado derviche. “Esto carece de
sentido”, se dijo a sí mismo “porque este hombre está pronunciando mal las sílabas. En lugar
de decir YA HU, está diciendo U YA HU.”

Entonces se dio cuenta de que tenía el deber, como estudiante más aplicado, de corregir
a esta desafortunada persona que tal vez no había tenido la oportunidad de ser correctamente guiada, y por ende – probablemente – sólo estaba haciendo lo mejor que podía para armonizarse con la idea que yace detrás de los sonidos.

De manera que alquiló un bote e hizo su camino hacia la isla, la cual se hallaba en la mitad del río, desde donde el sonido parecía venir.

Encontró a un hombre sentado en una cabaña de juncos, vestido con un manto derviche, quien se movía al son de su propia repetición de la frase iniciática. “Amigo mío”, dijo el primer derviche, “estás pronunciando mal la frase. Me incumbe decirte esto, ya que hay mérito para aquel que da y para aquel que acepta consejo. Esta es la forma en que la debes decir.” Y le dijo la frase.

“Gracias”, dijo humildemente el otro derviche.

El primer derviche volvió a su bote, lleno de satisfacción por haber hecho una buena acción. Después de todo, se decía que un hombre capaz de repetir la fórmula sagrada correctamente podría incluso caminar sobre las olas; algo que él nunca había visto pero que siempre había deseado -por alguna razón- poder hacer.

Ahora no podía escuchar nada proveniente de la cabaña de juncos, pero estaba seguro de que su lección había sido bien acogida.

Entonces oyó un vacilante U YA, al comenzar el segundo derviche a repetir la frase en la misma forma que antes…

Mientras el primer derviche pensaba en esto, reflexionando sobre la perversidad de la humanidad y su persistencia en el error, vio de repente un extraño espectáculo. Desde la isla, el otro derviche se acercaba caminando sobre la superficie del agua…

Asombrado, dejó de remar. El segundo derviche se le acercó y dijo: “Hermano, siento molestarte, pero tuve que venir aquí a preguntarte otra vez acerca de la manera estándar de pronunciar la repetición de la cual me hablaste, pues me resulta difícil recordarla.”

Cuentos de los derviches
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Histórias dos Dervixes
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El hombre que caminaba sobre el agua


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un derviche de mente simplona, miembro de una escuela austeramente piadosa, caminaba un día por una ribera. Estaba absorto, concentrado en problemas de índole moral y escolásticos, pues esta era la forma que la enseñanza Sufi había tomado en la comunidad a la que él pertenecía. Este derviche equiparaba religión emocional con la búsqueda de la Verdad definitiva.

Repentinamente sus pensamientos fueron interrumpidos por un fuerte grito: alguien estaba repitiendo el llamado derviche. “Esto carece de
sentido”, se dijo a sí mismo “porque este hombre está pronunciando mal las sílabas. En lugar
de decir YA HU, está diciendo U YA HU.”

Entonces se dio cuenta de que tenía el deber, como estudiante más aplicado, de corregir
a esta desafortunada persona que tal vez no había tenido la oportunidad de ser correctamente guiada, y por ende – probablemente – sólo estaba haciendo lo mejor que podía para armonizarse con la idea que yace detrás de los sonidos.

De manera que alquiló un bote e hizo su camino hacia la isla, la cual se hallaba en la mitad del río, desde donde el sonido parecía venir.

Encontró a un hombre sentado en una cabaña de juncos, vestido con un manto derviche, quien se movía al son de su propia repetición de la frase iniciática. “Amigo mío”, dijo el primer derviche, “estás pronunciando mal la frase. Me incumbe decirte esto, ya que hay mérito para aquel que da y para aquel que acepta consejo. Esta es la forma en que la debes decir.” Y le dijo la frase.

“Gracias”, dijo humildemente el otro derviche.

El primer derviche volvió a su bote, lleno de satisfacción por haber hecho una buena acción. Después de todo, se decía que un hombre capaz de repetir la fórmula sagrada correctamente podría incluso caminar sobre las olas; algo que él nunca había visto pero que siempre había deseado -por alguna razón- poder hacer.

Ahora no podía escuchar nada proveniente de la cabaña de juncos, pero estaba seguro de que su lección había sido bien acogida.

Entonces oyó un vacilante U YA, al comenzar el segundo derviche a repetir la frase en la misma forma que antes…

Mientras el primer derviche pensaba en esto, reflexionando sobre la perversidad de la humanidad y su persistencia en el error, vio de repente un extraño espectáculo. Desde la isla, el otro derviche se acercaba caminando sobre la superficie del agua…

Asombrado, dejó de remar. El segundo derviche se le acercó y dijo: “Hermano, siento molestarte, pero tuve que venir aquí a preguntarte otra vez acerca de la manera estándar de pronunciar la repetición de la cual me hablaste, pues me resulta difícil recordarla.”

Cuentos de los derviches
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El hombre que caminaba sobre el agua


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había una vez tres Sufis tan observadores y experimentados en la vida que eran conocidos como Los Tres Perceptivos.
Un día durante uno de sus viajes se toparon con un camellero, quien dijo: “¿Han visto a mi camello? Lo he perdido.”
“¿Es ciego de un ojo?” preguntó el primer Perceptivo.
“Sí”, dijo el camellero.
“¿Le falta un diente de adelante?” preguntó el segundo Perceptivo.
“Sí, sí”, dijo el camellero.
“¿Está cojo de un pie?” preguntó el tercer Perceptivo.
“Sí, sí, sí”, dijo el camellero.
Entonces los tres Perceptivos le dijeron al hombre que desandase el camino que ellos habían recorrido, y que quizá lo encontraría. Creyendo que lo habían visto, el hombre se apresuró a emprender su ruta.
Pero el hombre no encontró a su camello y se apuró para alcanzar a los Perceptivos, con la esperanza de que le dijesen qué hacer.
Los encontró esa misma noche en una posada.
“Tu camello, ¿lleva una carga de miel en un lado y una de maíz en el otro?” preguntó el primer Perceptivo.
“Sí”, dijo el hombre.
“¿Hay una mujer embarazada montada sobre él?” preguntó el segundo Perceptivo.
“Sí, sí”, dijo el hombre.
“No sabemos dónde está”, dijo el tercer Perceptivo.
El camellero ahora estaba convencido de que los Perceptivos habían robado su camello, con pasajera incluida, y los llevó ante el juez acusándolos de robo.
El juez creyó que el acusador había argumentado bien su caso y detuvo a los tres hombres bajo sospecha de hurto.
Un poco más tarde, el hombre encontró su camello errando por los campos y regresó a la corte para acordar la liberación de los Perceptivos.
El juez, que no les había dado una oportunidad para que se explicasen, les preguntó cómo era que sabían tanto sobre el camello si aparentemente no lo habían visto.
“Vimos las pisadas del camello en el camino”, dijo el primer Perceptivo.
“Una de las huellas era tenue: debe de haber sido cojo”, dijo el segundo Perceptivo.
“Había mordisqueado los arbustos de un solo lado del camino, así que debe haber estado ciego de un ojo”, dijo el tercer Perceptivo.
“Las hojas estaban desmenuzadas, lo que indica la pérdida de un diente”, continuó el primer Perceptivos.
“Abejas y hormigas, en distintos lados del camino, pululaban sobre algo depositado allí; vimos que era miel y maíz”, dijo el segundo Perceptivo.
“Encontramos largos cabellos humanos donde alguien se había detenido y desmontado; eran de una mujer”, dijo el tercer Perceptivo.
“Notamos huellas de manos donde la persona se había sentado, por lo tanto llegamos a la conclusión de que la mujer probablemente estaba muy embarazada y había tenido que pararse de ese modo”, dijo el primer Perceptivo.
“¿Por qué no apelaron para que fuese escuchado su lado de la historia y así pudiesen explicarse?” preguntó el juez.
“Porque calculamos que el camellero continuaría buscando a su camello y que lo encontraría pronto”, dijo el primer Perceptivo.
“Se sentiría generoso al liberarnos mediante su descubrimiento”, dijo el segundo Perceptivo.
“La curiosidad del juez daría lugar a una investigación”, dijo el tercer Perceptivo.
“Descubrir la verdad por sus propias indagaciones sería mejor para todos, y no que protestemos acerca de lo mal que se nos trató”, dijo el primer Perceptivo.
“Según nuestra experiencia, generalmente es mejor para las personas llegar a la verdad mediante lo que ellas consideran que es su propia iniciativa”, dijo el segundo Perceptivo.
“Es hora de que sigamos adelante, pues hay trabajo por hacer”, dijo el tercer Perceptivo.
Y los pensadores Sufis continuaron su camino. Aún se los puede encontrar trabajando en las vías de la tierra.

Los tres perceptivos


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es relatado por el Maestro Jalaludin Rumi (y otros), que un día, Isa, el hijo de Miryam, caminaba por el desierto cerca de Jerusalén con un grupo de personas en las que la avaricia aún estaba fuertemente arraigada.

Le rogaron a Isa que les dijese el Nombre Secreto con el cual él revivía a los muertos. Isa dijo: “Si les digo, abusarán de él.”

Ellos dijeron: “Estamos listos y preparados para tal conocimiento; además, reforzará nuestra fe.”
“No saben lo que piden”, respondió, pero les dijo la Palabra.

Poco después, esta gente caminaba por un lugar desierto cuando vieron un montón de huesos emblanquecidos. “Pongamos a prueba la Palabra”, se dijeron entre sí; y así lo hicieron.

Tan pronto como la Palabra hubo sido pronunciada, los huesos se recubrieron de carne y se transformaron nuevamente en una voraz bestia salvaje que los destrozó.

Aquellos dotados de razón comprenderán. Aquellos con poca razón, pueden adquirirla mediante el estudio de este relato.

El Isa del cuento es Jesús, el hijo de María. Representa una idea similar a la de El Aprendiz de Brujo, y también aparece en la obra de Rumi, además de hacerlo una y otra vez en leyendas orales derviches sobre Jesús, de las cuales existe un gran número.

La Tradición invoca como a uno de sus famosos “repetidores”, a uno de los primeros hombres en portar el título de Sufi: Jabir, hijo de el-Hayyan (el Geber latino), quien también es el fundador de la alquimia cristiana.

Murió alrededor del año 790. Originalmente fue un sabeo, y de acuerdo con autores occidentales, hizo importantes descubrimientos en el campo de la química.

Cuentos de los derviches
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Histórias dos Dervixes
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Isa y los incrédulos


 

 

 

 

 

 

 

Cierto día, un hombre que no tenía preocupación alguna estaba andando a lo largo de un sendero. Un objeto inusual atrajo su atención. “Debo descubrir qué es”, se dijo a sí mismo.

Al acercarse, vio que era una piedra grande y muy plana.
“Debo descubrir qué hay debajo de ella”, pensó para sí; y levantó la piedra.
Apenas lo hizo, escuchó un fuerte silbo y una enorme serpiente salió deslizándose de un agujero que estaba bajo la piedra. Alarmado, el hombre dejó caer la piedra. La serpiente se enroscó y le dijo:

“Ahora te voy a matar, pues soy una serpiente venenosa.”
“Pero te he liberado”, dijo el hombre, “¿cómo puedes pagar el bien con el mal? Semejante acción no se corresponde con un comportamiento razonable.”
“En primer lugar”, dijo la serpiente, “tú levantaste la piedra por curiosidad e ignorando las posibles consecuencias. ¿Cómo puede esto de repente transformarse en ‘te he liberado’?”

“Siempre debemos intentar volver a un comportamiento razonable… cuando nos detenemos a pensar”, murmuró el hombre.
“Regresas a él cuando crees que invocarlo podría favorecer tus intereses”, dijo la serpiente.
“Sí”, dijo el hombre, “fui un tonto al esperar comportamiento razonable de una serpiente.”
“De una serpiente, espera comportamiento de serpiente”, dijo el ofidio.“Para una serpiente, lo que puede ser considerado como razonable es el comportamiento de serpiente.”
“Ahora te voy a matar”, continuó.

“Por favor, no me mates”, dijo el hombre, “dame otra oportunidad. Me has enseñado acerca de la curiosidad, la conducta razonable y el comportamiento de las serpientes. Ahora me vas a matar antes de que pueda poner este conocimiento en práctica.”

“Muy bien”, dijo la serpiente, “te daré otra oportunidad. Habré de acompañarte en tu viaje. Le pediremos a la próxima criatura que nos encontremos, que no sea ni hombre ni serpiente, que haga de árbitro entre nosotros.”
El hombre estuvo de acuerdo, y comenzaron su viaje.

Al poco tiempo se toparon en un campo con un rebaño de ovejas. La serpiente se detuvo y el hombre les gritó a los ovinos:
“¡Ovejas, ovejas, por favor sálvenme! Esta serpiente tiene la intención de matarme. Si le dicen que no lo haga, me perdonará. Den un veredicto a mi favor pues soy un hombre, el amigo de las ovejas.”
Una de ellas contestó:

“Nos han puesto en este campo luego de servir a un hombre durante muchos años. Le hemos dado lana temporada tras temporada y, ahora que somos viejas, mañana nos matará para vender la carne. Esa es la medida de la generosidad de los hombres. Serpiente, ¡mata a ese hombre!”

La serpiente se irguió y sus verdes ojos brillaron mientras le decía al hombre: “Así es como te ven tus amigos. ¡Me estremece pensar en cómo te verán tus enemigos!”
“Dame una chance más”, gritó el hombre desesperado. “Por favor, permite que encontremos a alguien más para que dé su opinión y mi vida pueda ser perdonada.”

“No quiero parecer tan irrazonable como crees que soy”, dijo la serpiente, “y por lo tanto continuaré según tu patrón y no el mío. Preguntémosle al próximo individuo que encontremos – siempre que no sea un hombre o una serpiente – cuál ha de ser tu suerte.”
El hombre le agradeció a la serpiente y retomaron el viaje.
Inmediatamente se toparon con un caballo solitario, de pie y con sus patas atadas en un campo. La serpiente le dijo:

“Caballo, caballo, ¿por qué estás así atado?”
El caballo contestó:
“Durante muchos años serví a un hombre. Me daba comida, la cual yo nunca pedía, y me enseñó a servirle. Él decía que esto era a cambio de la comida y el establo. Ahora que estoy demasiado enclenque para trabajar, ha decidido venderme pronto como carne de caballo. Estoy atado porque el hombre cree que si me paseo por este campo comeré mucha de su hierba.”

“No hagas mi juez de este caballo, ¡por el amor de Dios!” exclamó el hombre.
“Según nuestro pacto”, dijo la serpiente inexorablemente, “este hombre y yo hemos acordado que tú juzgues nuestro caso.”
El ofidio resumió el asunto y el caballo dijo:

“Serpiente, está más allá de mis capacidades y no es parte de mi naturaleza matar a un hombre. Pero siento que tú, como serpiente, no tienes otra alternativa que hacerlo si un hombre está en tu poder.”
“Si solamente me dieras una oportunidad más”, rogó el hombre, “estoy seguro de que algo vendrá en mi ayuda. Hasta ahora he sido desafortunado en este viaje y únicamente me he cruzado con criaturas rencorosas. Elijamos un animal que no tenga semejante experiencia y por lo tanto ninguna animosidad generalizada para con mi especie.”

“La gente no conoce a las serpientes”, dijo el ofidio, “y sin embargo parecen tener una animosidad generalizada para con ellas; pero estoy dispuesto a darte apenas una oportunidad más.”
Continuaron con su viaje.
Pronto vieron a un zorro durmiendo bajo un arbusto a la vera del camino. El hombre despertó gentilmente al zorro y dijo:
“No temas, hermano zorro. Mi caso es tal y tal, y mi futuro depende de tu decisión. La serpiente no me dará otra oportunidad, así que solamente tu generosidad o altruismo puede ayudarme.”

El zorro pensó un momento y luego dijo:
“No estoy seguro de que solo la generosidad o el altruismo puedan funcionar aquí. Pero me voy a involucrar en este asunto. Para poder llegar a una decisión debo basarme en algo más que rumores. También debemos tener pruebas. Vamos, regresemos al comienzo de su viaje y examinemos los hechos donde ocurrieron.”
Volvieron a donde había tenido lugar el primero encuentro.

“Ahora reconstruiremos la situación”, dijo el zorro; “serpiente, ¿serías tan amable de ocupar una vez más tu lugar, en el agujero bajo la piedra plana?”
El hombre levantó la piedra y la serpiente se enroscó dentro del hueco.
Ahora la serpiente estaba atrapada nuevamente y el zorro, volviéndose hacia el hombre, dijo: “Hemos regresado al comienzo. La serpiente no podrá salir a menos que la liberes; en este momento ella abandona nuestra historia.”
“Gracias, gracias”, dijo el hombre con sus ojos llenos de lágrimas.

“Las gracias no alcanzan, hermano”, dijo el zorro. “Además de la generosidad y el altruismo está la cuestión de mi retribución.”
“¿Cómo puedes forzarme a pagar?” preguntó el hombre.
“Cualquier que pueda resolver el problema que acabo de finalizar”, dijo el zorro, “es bien capaz de lidiar con un detalle como ese. Nuevamente te invito a que me recompenses al menos por miedo si es que no tienes ningún sentido de justicia. ¿Qué te parece si lo llamamos, con tus palabras, ser ‘razonable’?”
El hombre dijo:

“Muy bien. Ven a mi casa y te daré un pollo.”
Fueron rumbo a la casa del hombre. El hombre entró a su gallinero y pronto regresó con un saco abultado. El zorro se apoderó de él y cuando estaba a punto de abrirlo el hombre dijo:

“Amigo zorro, no abras el saco aquí. Tengo vecinos humanos y no deberían saber que estoy cooperando con un zorro. Ellos podrían matarte, así como censurarme.”
“Ese es un pensamiento razonable”, dijo el zorro; “¿qué sugieres que haga?”
“¿Ves esa arboleda allá a lo lejos?” dijo el hombre señalando. “Sí” contestó el zorro.

“Tú corre con el saco hacia ese refugio y podrás disfrutar tu comida sin ser molestado.”
El zorro salió corriendo.

Tan pronto como llegó a los árboles, fue atrapado por un grupo de cazadores; el hombre sabía que estarían allí. Aquí él deja nuestra historia.
¿Y el hombre? Su futuro aún está por llegar.

El hombre, la serpiente y la piedra


La confluencia cultural: Daby Ihsan – ‘Los cuentos son un elemento esencial en la vida de un niño’

Acerca de Daby Ihsan

Nacida en Irak, Daby Ihsan es una galardonada ilustradora y animadora que ha hecho los dibujos para dos libros infantiles de la ISF: The Onion y Speak First and Lose. Su trabajo es profundamente original y percibe al Oriente con extraordinaria sutileza, basándose en su amor por la arquitectura y su atención al detalle.

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