We have recently released three new kid’s titles as part of the Books for Afghan Children Project

 

 

 

 

 

 

 

We have recently released three new kid’s titles as part of the Books for Afghan Children Project. Printed with sumptuous illustrations, the English-language editions are being sold in limited editions. All proceeds go to making Afghan-language versions of the same books available for free to kids in Afghanistan. These would make a great holiday gift for the children in your life.

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El paraíso de la canción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahangar era un grandísimo espadero que vivía en uno de los remotos valles orientales de Afganistán. En tiempos de paz hacía arados de acero, herraba caballos y, sobre todo, cantaba.
Las canciones de Ahangar, quien es conocido por distintos nombres en varias zonas del Asia Central, eran escuchadas entusiastamente por los habitantes de los valles. Venían desde los bosques de nogales gigantes, desde las nevadas cumbres del Hindu Kush, desde Qataghan y Badakhxan, desde Khanabad y Kunar, desde Herat y Pagman, para escuchar sus canciones.
Sobre todo, la gente venía a escuchar la canción de las canciones, que era la Canción del Valle del Paraíso, de Ahangar.
Esta canción tenía cierta característica inquietante y una cadencia extraña; pero por encima de todo poseía una historia que era tan fuera de lo común que la gente sentía que conocía el remoto Valle del Paraíso acerca del cual cantaba el espadero. A menudo le pedían que la cantara cuando no estaba de humor para hacerlo, y se negaba; a veces la gente le preguntaba si el Valle era verdaderamente real, y Ahangar solamente podía decir:
“El Valle de la canción es tan real como la realidad misma.”
“Pero, ¿cómo lo sabes?” preguntaba la gente. “¿Has estado allí alguna vez?”
“No de un modo ordinario”, decía Ahangar.
Para él, y para casi todas las personas que lo escucharon, el Valle de la canción era, sin embargo, real como la realidad misma.
Aisha, una doncella local amada por Ahangar, dudaba de que pudiera existir un lugar así; también lo hacía Hasan, un fanfarrón y temible espadachín que había jurado casarse con Aisha y quien no perdía oportunidad para reírse del espadero.
Un día, cuando los aldeanos estaban sentados en silencio luego de que Ahangar les hubo contado un cuento, Hasan habló:
“Si crees que este valle es tan real y que está, como dices, más allá de las montañas de Sangan donde surge la neblina azul, ¿por qué no intentas encontrarlo?”
“Sé que no sería correcto”, dijo Ahangar.
“¡Sabes lo que es conveniente saber y no sabes lo que no quieres saber!” gritó Hasan. “Ahora, amigo mío, te propongo una prueba. Amas a Aisha, pero ella no confía en ti; no tiene fe en tu Valle absurdo. Nunca podrás casarte con ella, porque donde no hay confianza entre marido y mujer no hay felicidad, y ocurren todo tipo de desgracias.”
“¿Pretendes que vaya al valle, entonces?” preguntó Ahangar.
“Sí” dijeron al unísono Hasan y todos los presentes.
“Si voy y regreso sano y salvo, ¿aceptará Aisha casarse conmigo?” preguntó Ahangar.
“Sí”, murmuró ella.
Entonces Ahangar, recogiendo algunas moras secas y un trozo de pan, partió hacia las lejanas montañas.
Subió y trepó, hasta que se topó con un muro que rodeaba toda la cordillera. Tras haber escalado su escarpada pared lateral, encontró otro muro que era incluso más escarpado que el primero; y luego había un tercero y un cuarto y, finalmente, un quinto muro.
Descendiendo del otro lado, Ahangar descubrió que estaba en un valle sorprendentemente similar al suyo.
La gente salió a darle la bienvenida y al verlos Ahangar se dio cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo.
Meses después y caminando como un anciano, Ahangar el espadero llegó cojeando a su aldea natal y enfiló hacia su humilde choza. Dado que se corrió la voz de su regreso por todos lados, la gente se reunió frente a su hogar para escuchar cuáles habían sido sus aventuras.
Hasan el espadachín habló en nombre de todos y desde la ventana llamó a Ahangar.
Todos quedaron boquiabiertos cuando vieron cuánto había envejecido.
“Bueno, Maestro Ahangar, ¿lograste llegar al Valle del Paraíso?”
“Lo logré.”
“¿Y cómo era?”
Ahangar, buscando palabras a tientas, miró a la gente allí reunida con un cansancio y una desesperanza que jamás había sentido. Dijo:
“Escalé y subí y trepé. Cuando parecía que ya no podía haber vida humana en semejante sitio desolado, y luego de muchas vicisitudes y desilusiones, encontré un valle; era exactamente igual al nuestro. Y luego vi la gente; ellos no solo son como nosotros: son nosotros mismos. Por cada Hasan, cada Aisha, cada Ahangar, por cada uno de los que estamos aquí, hay otro exactamente igual en aquel valle.
“Cuando vemos tales cosas nos parecen retratos o reflejos nuestros; pero somos nosotros los retratos y reflejos de ellos… Aquellos que estamos aquí, somos sus dobles.”
Todos creyeron que Ahangar se había vuelto loco debido a sus privaciones y Aisha se casó con Hasan el espadachín. Ahangar envejeció rápidamente y murió; y toda la gente, cada uno de los que habían escuchado esta historia de labios de Ahangar, se desanimó, para luego envejecer y dejarse morir pues sentían que iba a suceder algo incontrolable y ante lo cual no tenían esperanzas, perdiendo así el interés por la vida misma.
Es solo una vez cada mil años que el hombre ve este secreto. Cuando lo hace, sufre un cambio. Cuando les cuenta a otros la realidad de los hechos, se marchitan y mueren.
La gente cree que semejante evento es una catástrofe y es por ello que no quieren saber nada acerca de eso, pues no pueden comprender (tal es la naturaleza de sus vidas ordinarias) que tienen más de un yo, más de una esperanza, más de una chance… allí arriba, en el Paraíso de la Canción de Ahangar, el grandísimo espadero.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Érase una vez un rico mercader que partió en un largo viaje, dejando a su sirviente a cargo de su dinero; un hombre astuto y deshonesto lo escuchó por casualidad decirle al sirviente:

“Todo queda bajo tu responsabilidad. En mi bóveda tengo cien cofres de oro; en cada uno hay cien de piezas de oro: custódialos hasta que regrese.”
El hombre astuto logró, trabajosamente, cierta familiaridad con el criado y a menudo solían sentarse a tomar café.

Un día el astuto dijo: “Soy una especie de alquimista. Si consiguiese una pieza de oro, la podría duplicar para que se convierta en dos.”
Al principio el sirviente no le creía; pero después de un tiempo estuvo tentado de hacer la prueba, usando parte del dinero de su empleador.
“Solamente lo tomas prestado”, dijo el astuto, “y lo mantienes en tus propias manos, aquí en el café. Si no se multiplica, ¿qué puedes perder?”
Finalmente el criado aceptó.

Agarró una pieza de oro del tesoro de su amo y la puso en una caja, ingeniosamente ideada, que el “alquimista” suministró. Cuando abrieron la tapa, adentro había dos piezas.
Estimulado de este modo, y habiendo recibido la pieza extra como un obsequio, el sirviente le preguntó al alquimista si podía repetir el proceso.
“Claro que sí”, dijo el astuto, “pero hay ciertas reglas. Primero debes solamente tomar una moneda de cada uno de los cofres que ya tienes, sin importar cuántos sean. Tráelos aquí.”

El criado hizo lo que se le dijo y, una tras otra, las cien monedas se convirtieron en doscientas.
“Ahora la siguiente regla”, dijo el astuto, “y esta es: no debes poner las ‘monedas duplicadas’ en la misma caja. Consigue otra caja y pon las doscientas ahí. Luego gasta de la nueva caja hasta que se hayan acabado tus cien. Esto dejará intacto el capital de tu amo y tú habrás ganado cien piezas de oro.”
El sirviente hizo lo que se le dijo. Comenzó a gastar de lo suyo y, en efecto, descubrió que las piezas “duplicadas” eran de oro verdadero, aceptadas sin problema en las tiendas.

Nunca había tenido tanto dinero en su vida y gastó una gran parte en bebida y otros caprichos personales, alentado por el “alquimista”, quien le dijo: “Apenas se acaben esos cien, avísame y podremos repetir el proceso… pero no antes.”
Cuando regresó el mercader, el sirviente ya era muy adicto a la bebida. Cuando lo vio, el recién llegado dijo: “¿Qué clase de criado eres? ¿Supongo que te has gastado mi dinero?”

“Al contrario”, balbuceó el sirviente, “lo he multiplicado.” El mercader corrió hacia su tesoro, pero según lo que podía ver no parecía faltar nada.
En ese momento el astuto apareció en escena y le dijo al mercader: “¡Dame el dinero que has estado custodiando para mí!”

“¿Qué dinero?” dijo el mercader. “Jamás te he visto en mi vida.”
Comenzó tal disputa que llamaron a la policía, quienes llevaron a ambos a la corte para ser juzgados.
“Este hombre tiene mi dinero, el cual ha estado custodiando para mí”, dijo el ladrón al juez.

“¿Cuánto dices que es?”, preguntó el juez.
“Nueve mil novecientas cincuenta piezas de oro; noventa y nueve por cofre, y un cofre con apenas cincuenta piezas en él”, dijo el astuto, que había estado llevando la cuenta de lo gastado por el sirviente.

“¡Eso es mentira y puedo probarlo!” dijo el mercader. “Yo tenía cien cajas con cien piezas en cada una, las cuales se las dejé a mi criado. Entonces, o bien queda esa cantidad, que son 10.000 piezas de oro en total; o algo menos que eso, si el sirviente me ha estado robando. No puede haber la cantidad que este hombre dice.”

La corte ordenó que se inspeccionase el oro. Se descubrió que el total concordaba exactamente con el relato del ladrón. Al criado se lo consideró como privado de razón debido al alcoholismo y por lo tanto no se aceptó su testimonio. La corte otorgó la totalidad del dinero al hombre astuto, quien se convirtió en un ciudadano popular y respetado.

Caravana de sueños

Nueva edición ya disponible en formato papel + eBook (libro electrónico). Muy pronto, también como audiolibro.
Puedes leer el libro, gratis, aquí:

http://idriesshahfoundation.org/…/libros/caravana-de-suenos/

Los cofres de oro


 

 

 

 

 

 

 

Se relata que el maestro Sufi Ibrahim ben Adam estaba un día sentado en el claro de un bosque cuando dos derviches errantes se acercaron; les dio la bienvenida y hablaron de asuntos espirituales hasta el atardecer.

Apenas anocheció, Ibrahim invitó a los viajeros a ser sus invitados durante la cena. Ellos aceptaron inmediatamente, y una mesa servida con los manjares más exquisitos apareció ante sus ojos.

“¿Hace cuánto que eres un derviche?”, preguntó uno de ellos a Ibrahim. “Hace dos años”, replicó él.

“Yo he estado siguiendo el Camino Sufi durante casi tres décadas y jamás se me ha manifestado una capacidad como la que nos has mostrado”, dijo el hombre.

Ibrahim no dijo nada.

Cuando la comida casi se había terminado, un forastero de túnica verde penetró en el calvero. Se sentó y comió algo de las sobras.

Todos se dieron cuenta, a través de una sensación interna, de que este era Khidr, el Guía inmortal de todos los Sufis; esperaron que les impartiera algo de sabiduría.

Cuando se levantó para irse, Khidr simplemente dijo:

“Ustedes dos, derviches, se preguntan acerca de Ibrahim. Pero ¿a qué han renunciado para poder seguir el Sendero derviche?”

“Abandonaron toda expectativa de seguridad y de una vida ordinaria. Ibrahim ben Adam era un poderoso rey, y descartó la soberanía del sultanato de Balkh para convertirse en un Sufi. Esta es la razón por la que está muy por delante de ustedes. Durante sus treinta años, ustedes también han obtenido satisfacciones a través de la misma renuncia: esta ha sido su recompensa. Él siempre se ha abstenido de reclamar pago alguno por su sacrificio.”

Y un momento después Khidr despareció.

La sabiduría de los idiotas

La nueva traducción ya está disponible en todos los formatos: papel + eBook + audiolibro.

También, como siempre, lo puedes leer gratuitamente aquí:

https://idriesshahfoundation.org/…/la-sabiduria-de-los-idi…/

El milagro del derviche real


El cuento de las arenas

Un arroyo, desde sus orígenes en lejanas montañas y después de atravesar todo tipo de campiñas, alcanzó por fin las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros escollos, el arroyo trató de atravesar este último, pero descubrió que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaban a estas.

Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto; y sin embargo no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo, le susurró: ‘el Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el arroyo’.

El arroyo objetó que se estaba estrellando contra las arenas, siendo absorbido por estas; que el viento podía volar, y que por ello podía cruzar el desierto.

‘No podrás cruzarlo si te precipitas como es tu costumbre: o bien desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino’.

‘¿Pero cómo podría suceder esto?’ ‘Dejándote ser absorbido por el viento’.

Esta idea no era aceptable para el arroyo. Después de todo, nunca antes había sido absorbido. No quería perder su individualidad; y una vez perdida esta, ¿cómo iría uno a saber que podría ser recuperada alguna vez?

‘El viento’, dijo la arena, ‘cumple esa función. Absorbe el agua, la transporta sobre el desierto, y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se convierte en río.’

‘¿Cómo puedo saber que esto es verdad?’

‘Es así, y si tú no lo crees, no podrás transformarte en más que una ciénaga: e incluso eso podría llevar muchos, pero muchos años; y ciertamente no es la misma cosa que un arroyo.’

‘¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?’

‘Tú no puedes en ningún caso permanecer así’, continuó la voz. ‘Tu parte esencial es transportada y forma un arroyo nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial.’

Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del arroyo. Vagamente, recordó un estado en el cual él (o era una parte de él ) había sido transportado en los brazos del viento. También recordó (o creyó recordar) que esto era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio.

Y el arroyo elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, a muchísimos kilómetros de distancia. Y porque había tenido sus dudas, el arroyo fue capaz de recordar y registrar más firmemente en su mente los detalles de la experiencia. Reflexionó: ‘Sí, ahora he aprendido mi verdadera identidad.’

El arroyo estaba aprendiendo; pero las arenas susurraron: ‘Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día; y porque nosotras las arenas nos extendemos desde la ribera hasta la montaña.’

Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Arroyo de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.

Esta hermosa historia es corriente en la tradición oral de muchos idiomas, circulando casi siempre entre los derviches y sus discípulos.

Fue transcripta en la obra “La Rosa Mística del Jardín del Rey” de Sir Fairfax Cartwright, publicada en Gran Bretaña en 1899. La presente versión es de Awad Afifi el tunecino, que murió en 1870.

Cuentos de los derviches
Puedes leer el libro, gratis, aquí:
http://idriesshahfoundation.org/…/libros/cuentos-de-los-de…/

El cuento de las arenas