Cierto día, un hombre que no tenía preocupación alguna estaba andando a lo largo de un sendero. Un objeto inusual atrajo su atención. “Debo descubrir qué es”, se dijo a sí mismo.

Al acercarse, vio que era una piedra grande y muy plana.
“Debo descubrir qué hay debajo de ella”, pensó para sí; y levantó la piedra.
Apenas lo hizo, escuchó un fuerte silbo y una enorme serpiente salió deslizándose de un agujero que estaba bajo la piedra. Alarmado, el hombre dejó caer la piedra. La serpiente se enroscó y le dijo:

“Ahora te voy a matar, pues soy una serpiente venenosa.”
“Pero te he liberado”, dijo el hombre, “¿cómo puedes pagar el bien con el mal? Semejante acción no se corresponde con un comportamiento razonable.”
“En primer lugar”, dijo la serpiente, “tú levantaste la piedra por curiosidad e ignorando las posibles consecuencias. ¿Cómo puede esto de repente transformarse en ‘te he liberado’?”

“Siempre debemos intentar volver a un comportamiento razonable… cuando nos detenemos a pensar”, murmuró el hombre.
“Regresas a él cuando crees que invocarlo podría favorecer tus intereses”, dijo la serpiente.
“Sí”, dijo el hombre, “fui un tonto al esperar comportamiento razonable de una serpiente.”
“De una serpiente, espera comportamiento de serpiente”, dijo el ofidio.“Para una serpiente, lo que puede ser considerado como razonable es el comportamiento de serpiente.”
“Ahora te voy a matar”, continuó.

“Por favor, no me mates”, dijo el hombre, “dame otra oportunidad. Me has enseñado acerca de la curiosidad, la conducta razonable y el comportamiento de las serpientes. Ahora me vas a matar antes de que pueda poner este conocimiento en práctica.”

“Muy bien”, dijo la serpiente, “te daré otra oportunidad. Habré de acompañarte en tu viaje. Le pediremos a la próxima criatura que nos encontremos, que no sea ni hombre ni serpiente, que haga de árbitro entre nosotros.”
El hombre estuvo de acuerdo, y comenzaron su viaje.

Al poco tiempo se toparon en un campo con un rebaño de ovejas. La serpiente se detuvo y el hombre les gritó a los ovinos:
“¡Ovejas, ovejas, por favor sálvenme! Esta serpiente tiene la intención de matarme. Si le dicen que no lo haga, me perdonará. Den un veredicto a mi favor pues soy un hombre, el amigo de las ovejas.”
Una de ellas contestó:

“Nos han puesto en este campo luego de servir a un hombre durante muchos años. Le hemos dado lana temporada tras temporada y, ahora que somos viejas, mañana nos matará para vender la carne. Esa es la medida de la generosidad de los hombres. Serpiente, ¡mata a ese hombre!”

La serpiente se irguió y sus verdes ojos brillaron mientras le decía al hombre: “Así es como te ven tus amigos. ¡Me estremece pensar en cómo te verán tus enemigos!”
“Dame una chance más”, gritó el hombre desesperado. “Por favor, permite que encontremos a alguien más para que dé su opinión y mi vida pueda ser perdonada.”

“No quiero parecer tan irrazonable como crees que soy”, dijo la serpiente, “y por lo tanto continuaré según tu patrón y no el mío. Preguntémosle al próximo individuo que encontremos – siempre que no sea un hombre o una serpiente – cuál ha de ser tu suerte.”
El hombre le agradeció a la serpiente y retomaron el viaje.
Inmediatamente se toparon con un caballo solitario, de pie y con sus patas atadas en un campo. La serpiente le dijo:

“Caballo, caballo, ¿por qué estás así atado?”
El caballo contestó:
“Durante muchos años serví a un hombre. Me daba comida, la cual yo nunca pedía, y me enseñó a servirle. Él decía que esto era a cambio de la comida y el establo. Ahora que estoy demasiado enclenque para trabajar, ha decidido venderme pronto como carne de caballo. Estoy atado porque el hombre cree que si me paseo por este campo comeré mucha de su hierba.”

“No hagas mi juez de este caballo, ¡por el amor de Dios!” exclamó el hombre.
“Según nuestro pacto”, dijo la serpiente inexorablemente, “este hombre y yo hemos acordado que tú juzgues nuestro caso.”
El ofidio resumió el asunto y el caballo dijo:

“Serpiente, está más allá de mis capacidades y no es parte de mi naturaleza matar a un hombre. Pero siento que tú, como serpiente, no tienes otra alternativa que hacerlo si un hombre está en tu poder.”
“Si solamente me dieras una oportunidad más”, rogó el hombre, “estoy seguro de que algo vendrá en mi ayuda. Hasta ahora he sido desafortunado en este viaje y únicamente me he cruzado con criaturas rencorosas. Elijamos un animal que no tenga semejante experiencia y por lo tanto ninguna animosidad generalizada para con mi especie.”

“La gente no conoce a las serpientes”, dijo el ofidio, “y sin embargo parecen tener una animosidad generalizada para con ellas; pero estoy dispuesto a darte apenas una oportunidad más.”
Continuaron con su viaje.
Pronto vieron a un zorro durmiendo bajo un arbusto a la vera del camino. El hombre despertó gentilmente al zorro y dijo:
“No temas, hermano zorro. Mi caso es tal y tal, y mi futuro depende de tu decisión. La serpiente no me dará otra oportunidad, así que solamente tu generosidad o altruismo puede ayudarme.”

El zorro pensó un momento y luego dijo:
“No estoy seguro de que solo la generosidad o el altruismo puedan funcionar aquí. Pero me voy a involucrar en este asunto. Para poder llegar a una decisión debo basarme en algo más que rumores. También debemos tener pruebas. Vamos, regresemos al comienzo de su viaje y examinemos los hechos donde ocurrieron.”
Volvieron a donde había tenido lugar el primero encuentro.

“Ahora reconstruiremos la situación”, dijo el zorro; “serpiente, ¿serías tan amable de ocupar una vez más tu lugar, en el agujero bajo la piedra plana?”
El hombre levantó la piedra y la serpiente se enroscó dentro del hueco.
Ahora la serpiente estaba atrapada nuevamente y el zorro, volviéndose hacia el hombre, dijo: “Hemos regresado al comienzo. La serpiente no podrá salir a menos que la liberes; en este momento ella abandona nuestra historia.”
“Gracias, gracias”, dijo el hombre con sus ojos llenos de lágrimas.

“Las gracias no alcanzan, hermano”, dijo el zorro. “Además de la generosidad y el altruismo está la cuestión de mi retribución.”
“¿Cómo puedes forzarme a pagar?” preguntó el hombre.
“Cualquier que pueda resolver el problema que acabo de finalizar”, dijo el zorro, “es bien capaz de lidiar con un detalle como ese. Nuevamente te invito a que me recompenses al menos por miedo si es que no tienes ningún sentido de justicia. ¿Qué te parece si lo llamamos, con tus palabras, ser ‘razonable’?”
El hombre dijo:

“Muy bien. Ven a mi casa y te daré un pollo.”
Fueron rumbo a la casa del hombre. El hombre entró a su gallinero y pronto regresó con un saco abultado. El zorro se apoderó de él y cuando estaba a punto de abrirlo el hombre dijo:

“Amigo zorro, no abras el saco aquí. Tengo vecinos humanos y no deberían saber que estoy cooperando con un zorro. Ellos podrían matarte, así como censurarme.”
“Ese es un pensamiento razonable”, dijo el zorro; “¿qué sugieres que haga?”
“¿Ves esa arboleda allá a lo lejos?” dijo el hombre señalando. “Sí” contestó el zorro.

“Tú corre con el saco hacia ese refugio y podrás disfrutar tu comida sin ser molestado.”
El zorro salió corriendo.

Tan pronto como llegó a los árboles, fue atrapado por un grupo de cazadores; el hombre sabía que estarían allí. Aquí él deja nuestra historia.
¿Y el hombre? Su futuro aún está por llegar.

El hombre, la serpiente y la piedra


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Érase una vez un rico mercader que partió en un largo viaje, dejando a su sirviente a cargo de su dinero; un hombre astuto y deshonesto lo escuchó por casualidad decirle al sirviente:

“Todo queda bajo tu responsabilidad. En mi bóveda tengo cien cofres de oro; en cada uno hay cien de piezas de oro: custódialos hasta que regrese.”
El hombre astuto logró, trabajosamente, cierta familiaridad con el criado y a menudo solían sentarse a tomar café.

Un día el astuto dijo: “Soy una especie de alquimista. Si consiguiese una pieza de oro, la podría duplicar para que se convierta en dos.”
Al principio el sirviente no le creía; pero después de un tiempo estuvo tentado de hacer la prueba, usando parte del dinero de su empleador.
“Solamente lo tomas prestado”, dijo el astuto, “y lo mantienes en tus propias manos, aquí en el café. Si no se multiplica, ¿qué puedes perder?”
Finalmente el criado aceptó.

Agarró una pieza de oro del tesoro de su amo y la puso en una caja, ingeniosamente ideada, que el “alquimista” suministró. Cuando abrieron la tapa, adentro había dos piezas.
Estimulado de este modo, y habiendo recibido la pieza extra como un obsequio, el sirviente le preguntó al alquimista si podía repetir el proceso.
“Claro que sí”, dijo el astuto, “pero hay ciertas reglas. Primero debes solamente tomar una moneda de cada uno de los cofres que ya tienes, sin importar cuántos sean. Tráelos aquí.”

El criado hizo lo que se le dijo y, una tras otra, las cien monedas se convirtieron en doscientas.
“Ahora la siguiente regla”, dijo el astuto, “y esta es: no debes poner las ‘monedas duplicadas’ en la misma caja. Consigue otra caja y pon las doscientas ahí. Luego gasta de la nueva caja hasta que se hayan acabado tus cien. Esto dejará intacto el capital de tu amo y tú habrás ganado cien piezas de oro.”
El sirviente hizo lo que se le dijo. Comenzó a gastar de lo suyo y, en efecto, descubrió que las piezas “duplicadas” eran de oro verdadero, aceptadas sin problema en las tiendas.

Nunca había tenido tanto dinero en su vida y gastó una gran parte en bebida y otros caprichos personales, alentado por el “alquimista”, quien le dijo: “Apenas se acaben esos cien, avísame y podremos repetir el proceso… pero no antes.”
Cuando regresó el mercader, el sirviente ya era muy adicto a la bebida. Cuando lo vio, el recién llegado dijo: “¿Qué clase de criado eres? ¿Supongo que te has gastado mi dinero?”

“Al contrario”, balbuceó el sirviente, “lo he multiplicado.” El mercader corrió hacia su tesoro, pero según lo que podía ver no parecía faltar nada.
En ese momento el astuto apareció en escena y le dijo al mercader: “¡Dame el dinero que has estado custodiando para mí!”

“¿Qué dinero?” dijo el mercader. “Jamás te he visto en mi vida.”
Comenzó tal disputa que llamaron a la policía, quienes llevaron a ambos a la corte para ser juzgados.
“Este hombre tiene mi dinero, el cual ha estado custodiando para mí”, dijo el ladrón al juez.

“¿Cuánto dices que es?”, preguntó el juez.
“Nueve mil novecientas cincuenta piezas de oro; noventa y nueve por cofre, y un cofre con apenas cincuenta piezas en él”, dijo el astuto, que había estado llevando la cuenta de lo gastado por el sirviente.

“¡Eso es mentira y puedo probarlo!” dijo el mercader. “Yo tenía cien cajas con cien piezas en cada una, las cuales se las dejé a mi criado. Entonces, o bien queda esa cantidad, que son 10.000 piezas de oro en total; o algo menos que eso, si el sirviente me ha estado robando. No puede haber la cantidad que este hombre dice.”

La corte ordenó que se inspeccionase el oro. Se descubrió que el total concordaba exactamente con el relato del ladrón. Al criado se lo consideró como privado de razón debido al alcoholismo y por lo tanto no se aceptó su testimonio. La corte otorgó la totalidad del dinero al hombre astuto, quien se convirtió en un ciudadano popular y respetado.

Caravana de sueños

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Los cofres de oro