Los sentimientos de respeto e interés en un sistema aliado no han sido unilaterales. En las áreas populares, narrativas y más ligeras de la amonestación oral, ha sido costumbre que los musulmanes y los cristianos tomaran las virtudes de los demás como textos de enseñanza. Hay un cuento semigracioso que los musulmanes se comparten entre sí, acerca de un musulmán que le preguntó a un cristiano por qué no adoptaba el islam. El cristiano dijo: “Hay dos islam: el que tú practicas y el islam del Corán. Si intentara estar a la altura del Corán, sería demasiado difícil para mí, ya que requiere que el hombre haga enormes esfuerzos para mejorarse a sí mismo, y como musulmán no podría recibir ninguna absolución de ningún hombre.”

“Pero”, dijo el musulmán, “¿qué pasa con el islam que llamas el otro tipo de islam… el que yo practico?”

“Si tuviera que comportarme como tú”, dijo el cristiano, “con tus bajos estándares de honestidad, mi mérito no mejoraría… sino que se vería reducido.”
La misma labor de compararse con otro hombre es de uso frecuente entre los cristianos. Por lo tanto, desde los primeros días de la confrontación entre las dos religiones, está frecuentemente registrado que los cristianos comparaban, al abordar a sus rebaños, los logros, la laboriosidad, la piedad y demás de los musulmanes con su propia conducta. En general, incluso atribuyen el éxito mundano de los musulmanes de su época a la práctica y al cumplimento de las ordenanzas de Dios – tanto directas como derivadas – vinculadas con la veracidad, la honestidad y la dedicación a los ideales.

Los sentimientos


 

 

 

 

 

 

 

 

 

El problema es que lo espurio, lo irreal, lo falso, es tanto más fácil de encontrar, que están en peligro de convertirse en la norma. Hasta hace poco, por ejemplo, si no usabas drogas en tus búsquedas espirituales, no eras considerado genuino. Si decías: “Miren, las drogas son irrelevantes en cuestiones espirituales”, te consideraban un cuadrado.

Su actitud nada tiene que ver con una búsqueda de la verdad.

La gente quiere ser sanada o curada o salvada, pero lo quiere ahora. Es increíble. Cuando la gente viene a verme, quiere obtener algo, y si no les puedo dar consciencia superior, se llevarán mis colchas o mis ceniceros o lo que puedan encontrar en la casa.

Están pensando en términos de propiedad suelta, casi física. Son salvajes en el mejor sentido de la palabra. No son en absoluto lo que creen ser. Se me invita a creer que se llevan colchas y ceniceros por accidente. Pero nunca funciona a la inversa: nunca se olvidan por error sus billeteras. Hay una cosa que aprendí de mi padre desde muy chico: No le prestes atención a lo que diga la gente, sólo mira lo que hacen.

Entrevista en Psychology Today

http://www.idriesshahfoundation.org/…/Entrevista-Psychology…

El problema






 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las amistades individuales entre cristianos y musulmanes han sido parte de nuestra historia común y de nuestra vida cultural durante casi catorce siglos. Los efectos de estas, la mayoría de ellas probablemente indocumentadas, continúan y deben tener el papel más importante en el diálogo y la comprensión mutua. Cito el siguiente ejemplo, que se encuentra en un libro de reminiscencias de amplia circulación y grandes ventas en todo el mundo, porque es típico y no simplemente como una ocasión para un comentario especial:

El duque italiano Alberto Denti di Pirajno, quien vivió durante muchos años como médico en países islámicos de los árabes y África, escribe sobre el profundo afecto entre el Vicario apostólico en Libia y el Alcalde de Trípoli.
El obispo “conocía cada detalle de la vida de Mohy ed-Din ben Arabi, un famoso místico árabe de alrededor del año 1200, de quien yo nunca había oído hablar”.
Él continúa:

La amistad entre el Obispo y el Pasha fue una de las más extraordinarias que jamás he visto. Nunca he conocido a dos hombres que, en la superficie, tuviesen temperamentos tan disímiles y rara vez me he encontrado con una amistad más profunda y cercana. El italiano era de origen modesto, el árabe era el jefe de una familia principesca que una vez había gobernado el país; el Obispo sostenía la fe simple y pura de San Francisco de Asís; el príncipe era un mahometano ferviente y practicante; el humilde cristiano tenía una erudición enciclopédica, el noble musulmán era analfabeto. … Muchas veces le pregunté al obispo sobre su amistad con el Pasha, procurando descubrir mediante mi curiosidad en qué se basaba ella. Siempre fue evasivo en su respuesta; a veces ni siquiera respondía, y se limitaba a encogerse de hombros y soplar sobre su barba.

Sin embargo, cuanto más lograba conocer al noble árabe más descubría lo que tenían en común: por ejemplo, su despreocupación ante la enfermedad, su total indiferencia hacia las cuestiones materiales, su profunda comprensión del sufrimiento y la miseria humana, y su caridad, que era impoluta frente al egoísmo y no conocía límites. Ambos se sometieron a una voluntad superior con la fe ciega de los niños.

En cierto momento me di cuenta de que, al igual que los diversos elementos de un mosaico forman un diseño único cuando se colocan juntos, las actitudes mentales de los dos amigos formaban parte de una única concepción espiritual que finalmente pude reconocer.

El duque continúa diciendo que finalmente le comentó al obispo que había decidido que su amistad era una amistad entre franciscanos … y el franciscano respondió: “He aprendido mucho de este hombre”. Pirajno continúa:
El más joven de los dos amigos murió primero.

De repente, el equilibrio incierto de su metabolismo fue sacudido y el obispo que había permanecido como un simple fraile se derrumbó.

Estaba lejos de Trípoli cuando sucedió, y fue solamente más tarde que supe que el Vicario apostólico había muerto serenamente, rodeado de cofrades y monjas, aferrándose a la mano de su viejo amigo el Pasha, quien en su pena pareció petrificarse; mientras en la catedral, en la mezquita y en la sinagoga, hombres de diferentes credos oraban para que Dios pospusiese la hora señalada.

Ahora bien, este relato describe la relación de dos hombres de Dios, encontrándose, viviendo y trabajando en lo que podríamos llamar el período intermedio; la era posterior a las Cruzadas, pero también la época de un poder colonialista gobernando un país musulmán: circunstancias bajo las cuales, uno podría ser disculpado por pensarlo, el entendimiento mutuo entre los gobernados y los aliados del Poder gobernante sería extremadamente difícil. Un observador externo bien podría concluir que después del período colonialista las creencias de la potencia ocupante serían, cuando menos, desacreditadas. Y sin embargo hoy, en la Libia independiente como en cualquier otro lugar del mundo del islam, correrías serios riesgos si dijeses alguna palabra en contra de Jesús. Las enseñanzas del islam, que Jesús vino de Dios e invitó a la gente a entregarse a Dios, son parte del conocimiento de cada musulmán. Reparen en los siguientes pasajes del Corán:

Dios te anuncia la buena noticia de una Palabra que procede de Él, cuyo nombre es el Mesías, Jesús, hijo de María. (3, 40-45)

Y en el capítulo 2, verso 136:

Di: “Creemos en Dios, y en lo que ha sido enviado a Abraham e Ismael e Isaac y Jacob y las tribus: y en lo que se les ha dado a Moisés y a Jesús, y en lo que se les dio a los profetas de su Señor. No hacemos ninguna diferencia entre ellos: y ante Dios estamos resignados.”

El elefante en la oscuridad

Disponible por primera vez en español, en formato papel. Próximamente como eBook + audiolibro.

También, como siempre, lo puedes leer gratis aquí:

http://idriesshahfoundation.org/…/el-elefante-en-la-oscuri…/

Las amistades individuales