El apego llamado gracia

Un dedicado y estudioso buscador de la verdad llegó a la Tekkia de Bahaudin Naqshband.
Según la costumbre, asistió a las conferencias y no hizo preguntas.
Cuando finalmente Bahaudin le dijo: “Pídeme algo”, este hombre dijo:
“Shah, antes de venir a verte estudié tal y tal filosofía con fulano de tal. Viajé hasta tu Tekkia atraído por tu reputación.
“Al escuchar tus conferencias he quedado muy impresionado con lo que dices y me gustaría continuar mis estudios contigo.
“Pero, dado que tengo semejante gratitud y apego a mis estudios previos y maestros, me gustaría que explicases su conexión con tu trabajo o al menos que me hagas olvidarlos, para que pueda continuar sin una mente dividida.”
Bahaudin dijo:
“No puedo hacer ninguna de esas cosas. Lo que puedo hacer, sin embargo, es informarte de que el estar apegado a una persona y a un credo e imaginar que semejante apego proviene de una fuente superior, es una de las señas más obvias de la vanidad humana. Si una persona se obsesiona con los dulces, los llamaría divinos si alguien se lo permitiese.
“Con esta información puedes aprender sabiduría. Sin ella, solamente puedes aprender apego y llamarlo gracia.”
“El hombre que necesita malumat (información), siempre supone que necesita maarifat (sabiduría)
Si realmente es un hombre de información, verá que lo siguiente que necesita es sabiduría.
Si es un hombre de sabiduría, solamente entonces estará libre de la necesidad de información.”



El paraíso de la canción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahangar era un grandísimo espadero que vivía en uno de los remotos valles orientales de Afganistán. En tiempos de paz hacía arados de acero, herraba caballos y, sobre todo, cantaba.
Las canciones de Ahangar, quien es conocido por distintos nombres en varias zonas del Asia Central, eran escuchadas entusiastamente por los habitantes de los valles. Venían desde los bosques de nogales gigantes, desde las nevadas cumbres del Hindu Kush, desde Qataghan y Badakhxan, desde Khanabad y Kunar, desde Herat y Pagman, para escuchar sus canciones.
Sobre todo, la gente venía a escuchar la canción de las canciones, que era la Canción del Valle del Paraíso, de Ahangar.
Esta canción tenía cierta característica inquietante y una cadencia extraña; pero por encima de todo poseía una historia que era tan fuera de lo común que la gente sentía que conocía el remoto Valle del Paraíso acerca del cual cantaba el espadero. A menudo le pedían que la cantara cuando no estaba de humor para hacerlo, y se negaba; a veces la gente le preguntaba si el Valle era verdaderamente real, y Ahangar solamente podía decir:
“El Valle de la canción es tan real como la realidad misma.”
“Pero, ¿cómo lo sabes?” preguntaba la gente. “¿Has estado allí alguna vez?”
“No de un modo ordinario”, decía Ahangar.
Para él, y para casi todas las personas que lo escucharon, el Valle de la canción era, sin embargo, real como la realidad misma.
Aisha, una doncella local amada por Ahangar, dudaba de que pudiera existir un lugar así; también lo hacía Hasan, un fanfarrón y temible espadachín que había jurado casarse con Aisha y quien no perdía oportunidad para reírse del espadero.
Un día, cuando los aldeanos estaban sentados en silencio luego de que Ahangar les hubo contado un cuento, Hasan habló:
“Si crees que este valle es tan real y que está, como dices, más allá de las montañas de Sangan donde surge la neblina azul, ¿por qué no intentas encontrarlo?”
“Sé que no sería correcto”, dijo Ahangar.
“¡Sabes lo que es conveniente saber y no sabes lo que no quieres saber!” gritó Hasan. “Ahora, amigo mío, te propongo una prueba. Amas a Aisha, pero ella no confía en ti; no tiene fe en tu Valle absurdo. Nunca podrás casarte con ella, porque donde no hay confianza entre marido y mujer no hay felicidad, y ocurren todo tipo de desgracias.”
“¿Pretendes que vaya al valle, entonces?” preguntó Ahangar.
“Sí” dijeron al unísono Hasan y todos los presentes.
“Si voy y regreso sano y salvo, ¿aceptará Aisha casarse conmigo?” preguntó Ahangar.
“Sí”, murmuró ella.
Entonces Ahangar, recogiendo algunas moras secas y un trozo de pan, partió hacia las lejanas montañas.
Subió y trepó, hasta que se topó con un muro que rodeaba toda la cordillera. Tras haber escalado su escarpada pared lateral, encontró otro muro que era incluso más escarpado que el primero; y luego había un tercero y un cuarto y, finalmente, un quinto muro.
Descendiendo del otro lado, Ahangar descubrió que estaba en un valle sorprendentemente similar al suyo.
La gente salió a darle la bienvenida y al verlos Ahangar se dio cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo.
Meses después y caminando como un anciano, Ahangar el espadero llegó cojeando a su aldea natal y enfiló hacia su humilde choza. Dado que se corrió la voz de su regreso por todos lados, la gente se reunió frente a su hogar para escuchar cuáles habían sido sus aventuras.
Hasan el espadachín habló en nombre de todos y desde la ventana llamó a Ahangar.
Todos quedaron boquiabiertos cuando vieron cuánto había envejecido.
“Bueno, Maestro Ahangar, ¿lograste llegar al Valle del Paraíso?”
“Lo logré.”
“¿Y cómo era?”
Ahangar, buscando palabras a tientas, miró a la gente allí reunida con un cansancio y una desesperanza que jamás había sentido. Dijo:
“Escalé y subí y trepé. Cuando parecía que ya no podía haber vida humana en semejante sitio desolado, y luego de muchas vicisitudes y desilusiones, encontré un valle; era exactamente igual al nuestro. Y luego vi la gente; ellos no solo son como nosotros: son nosotros mismos. Por cada Hasan, cada Aisha, cada Ahangar, por cada uno de los que estamos aquí, hay otro exactamente igual en aquel valle.
“Cuando vemos tales cosas nos parecen retratos o reflejos nuestros; pero somos nosotros los retratos y reflejos de ellos… Aquellos que estamos aquí, somos sus dobles.”
Todos creyeron que Ahangar se había vuelto loco debido a sus privaciones y Aisha se casó con Hasan el espadachín. Ahangar envejeció rápidamente y murió; y toda la gente, cada uno de los que habían escuchado esta historia de labios de Ahangar, se desanimó, para luego envejecer y dejarse morir pues sentían que iba a suceder algo incontrolable y ante lo cual no tenían esperanzas, perdiendo así el interés por la vida misma.
Es solo una vez cada mil años que el hombre ve este secreto. Cuando lo hace, sufre un cambio. Cuando les cuenta a otros la realidad de los hechos, se marchitan y mueren.
La gente cree que semejante evento es una catástrofe y es por ello que no quieren saber nada acerca de eso, pues no pueden comprender (tal es la naturaleza de sus vidas ordinarias) que tienen más de un yo, más de una esperanza, más de una chance… allí arriba, en el Paraíso de la Canción de Ahangar, el grandísimo espadero.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un derviche de mente simplona, miembro de una escuela austeramente piadosa, caminaba un día por una ribera. Estaba absorto, concentrado en problemas de índole moral y escolásticos, pues esta era la forma que la enseñanza Sufi había tomado en la comunidad a la que él pertenecía. Este derviche equiparaba religión emocional con la búsqueda de la Verdad definitiva.

Repentinamente sus pensamientos fueron interrumpidos por un fuerte grito: alguien estaba repitiendo el llamado derviche. “Esto carece de
sentido”, se dijo a sí mismo “porque este hombre está pronunciando mal las sílabas. En lugar
de decir YA HU, está diciendo U YA HU.”

Entonces se dio cuenta de que tenía el deber, como estudiante más aplicado, de corregir
a esta desafortunada persona que tal vez no había tenido la oportunidad de ser correctamente guiada, y por ende – probablemente – sólo estaba haciendo lo mejor que podía para armonizarse con la idea que yace detrás de los sonidos.

De manera que alquiló un bote e hizo su camino hacia la isla, la cual se hallaba en la mitad del río, desde donde el sonido parecía venir.

Encontró a un hombre sentado en una cabaña de juncos, vestido con un manto derviche, quien se movía al son de su propia repetición de la frase iniciática. “Amigo mío”, dijo el primer derviche, “estás pronunciando mal la frase. Me incumbe decirte esto, ya que hay mérito para aquel que da y para aquel que acepta consejo. Esta es la forma en que la debes decir.” Y le dijo la frase.

“Gracias”, dijo humildemente el otro derviche.

El primer derviche volvió a su bote, lleno de satisfacción por haber hecho una buena acción. Después de todo, se decía que un hombre capaz de repetir la fórmula sagrada correctamente podría incluso caminar sobre las olas; algo que él nunca había visto pero que siempre había deseado -por alguna razón- poder hacer.

Ahora no podía escuchar nada proveniente de la cabaña de juncos, pero estaba seguro de que su lección había sido bien acogida.

Entonces oyó un vacilante U YA, al comenzar el segundo derviche a repetir la frase en la misma forma que antes…

Mientras el primer derviche pensaba en esto, reflexionando sobre la perversidad de la humanidad y su persistencia en el error, vio de repente un extraño espectáculo. Desde la isla, el otro derviche se acercaba caminando sobre la superficie del agua…

Asombrado, dejó de remar. El segundo derviche se le acercó y dijo: “Hermano, siento molestarte, pero tuve que venir aquí a preguntarte otra vez acerca de la manera estándar de pronunciar la repetición de la cual me hablaste, pues me resulta difícil recordarla.”

Cuentos de los derviches
Puedes leer el libro, gratis, aquí:
http://idriesshahfoundation.org/…/libros/cuentos-de-los-de…/

Histórias dos Dervixes
Você pode comprar o livro, aqui: http://www.rocanova.com.br/site/Historias.html

El hombre que caminaba sobre el agua


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un derviche de mente simplona, miembro de una escuela austeramente piadosa, caminaba un día por una ribera. Estaba absorto, concentrado en problemas de índole moral y escolásticos, pues esta era la forma que la enseñanza Sufi había tomado en la comunidad a la que él pertenecía. Este derviche equiparaba religión emocional con la búsqueda de la Verdad definitiva.

Repentinamente sus pensamientos fueron interrumpidos por un fuerte grito: alguien estaba repitiendo el llamado derviche. “Esto carece de
sentido”, se dijo a sí mismo “porque este hombre está pronunciando mal las sílabas. En lugar
de decir YA HU, está diciendo U YA HU.”

Entonces se dio cuenta de que tenía el deber, como estudiante más aplicado, de corregir
a esta desafortunada persona que tal vez no había tenido la oportunidad de ser correctamente guiada, y por ende – probablemente – sólo estaba haciendo lo mejor que podía para armonizarse con la idea que yace detrás de los sonidos.

De manera que alquiló un bote e hizo su camino hacia la isla, la cual se hallaba en la mitad del río, desde donde el sonido parecía venir.

Encontró a un hombre sentado en una cabaña de juncos, vestido con un manto derviche, quien se movía al son de su propia repetición de la frase iniciática. “Amigo mío”, dijo el primer derviche, “estás pronunciando mal la frase. Me incumbe decirte esto, ya que hay mérito para aquel que da y para aquel que acepta consejo. Esta es la forma en que la debes decir.” Y le dijo la frase.

“Gracias”, dijo humildemente el otro derviche.

El primer derviche volvió a su bote, lleno de satisfacción por haber hecho una buena acción. Después de todo, se decía que un hombre capaz de repetir la fórmula sagrada correctamente podría incluso caminar sobre las olas; algo que él nunca había visto pero que siempre había deseado -por alguna razón- poder hacer.

Ahora no podía escuchar nada proveniente de la cabaña de juncos, pero estaba seguro de que su lección había sido bien acogida.

Entonces oyó un vacilante U YA, al comenzar el segundo derviche a repetir la frase en la misma forma que antes…

Mientras el primer derviche pensaba en esto, reflexionando sobre la perversidad de la humanidad y su persistencia en el error, vio de repente un extraño espectáculo. Desde la isla, el otro derviche se acercaba caminando sobre la superficie del agua…

Asombrado, dejó de remar. El segundo derviche se le acercó y dijo: “Hermano, siento molestarte, pero tuve que venir aquí a preguntarte otra vez acerca de la manera estándar de pronunciar la repetición de la cual me hablaste, pues me resulta difícil recordarla.”

Cuentos de los derviches
Puedes leer el libro, gratis, aquí:
http://idriesshahfoundation.org/…/libros/cuentos-de-los-de…/

Histórias dos Dervixes
Você pode comprar o livro, aqui: http://www.rocanova.com.br/site/Historias.html

El hombre que caminaba sobre el agua


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había una vez tres Sufis tan observadores y experimentados en la vida que eran conocidos como Los Tres Perceptivos.
Un día durante uno de sus viajes se toparon con un camellero, quien dijo: “¿Han visto a mi camello? Lo he perdido.”
“¿Es ciego de un ojo?” preguntó el primer Perceptivo.
“Sí”, dijo el camellero.
“¿Le falta un diente de adelante?” preguntó el segundo Perceptivo.
“Sí, sí”, dijo el camellero.
“¿Está cojo de un pie?” preguntó el tercer Perceptivo.
“Sí, sí, sí”, dijo el camellero.
Entonces los tres Perceptivos le dijeron al hombre que desandase el camino que ellos habían recorrido, y que quizá lo encontraría. Creyendo que lo habían visto, el hombre se apresuró a emprender su ruta.
Pero el hombre no encontró a su camello y se apuró para alcanzar a los Perceptivos, con la esperanza de que le dijesen qué hacer.
Los encontró esa misma noche en una posada.
“Tu camello, ¿lleva una carga de miel en un lado y una de maíz en el otro?” preguntó el primer Perceptivo.
“Sí”, dijo el hombre.
“¿Hay una mujer embarazada montada sobre él?” preguntó el segundo Perceptivo.
“Sí, sí”, dijo el hombre.
“No sabemos dónde está”, dijo el tercer Perceptivo.
El camellero ahora estaba convencido de que los Perceptivos habían robado su camello, con pasajera incluida, y los llevó ante el juez acusándolos de robo.
El juez creyó que el acusador había argumentado bien su caso y detuvo a los tres hombres bajo sospecha de hurto.
Un poco más tarde, el hombre encontró su camello errando por los campos y regresó a la corte para acordar la liberación de los Perceptivos.
El juez, que no les había dado una oportunidad para que se explicasen, les preguntó cómo era que sabían tanto sobre el camello si aparentemente no lo habían visto.
“Vimos las pisadas del camello en el camino”, dijo el primer Perceptivo.
“Una de las huellas era tenue: debe de haber sido cojo”, dijo el segundo Perceptivo.
“Había mordisqueado los arbustos de un solo lado del camino, así que debe haber estado ciego de un ojo”, dijo el tercer Perceptivo.
“Las hojas estaban desmenuzadas, lo que indica la pérdida de un diente”, continuó el primer Perceptivos.
“Abejas y hormigas, en distintos lados del camino, pululaban sobre algo depositado allí; vimos que era miel y maíz”, dijo el segundo Perceptivo.
“Encontramos largos cabellos humanos donde alguien se había detenido y desmontado; eran de una mujer”, dijo el tercer Perceptivo.
“Notamos huellas de manos donde la persona se había sentado, por lo tanto llegamos a la conclusión de que la mujer probablemente estaba muy embarazada y había tenido que pararse de ese modo”, dijo el primer Perceptivo.
“¿Por qué no apelaron para que fuese escuchado su lado de la historia y así pudiesen explicarse?” preguntó el juez.
“Porque calculamos que el camellero continuaría buscando a su camello y que lo encontraría pronto”, dijo el primer Perceptivo.
“Se sentiría generoso al liberarnos mediante su descubrimiento”, dijo el segundo Perceptivo.
“La curiosidad del juez daría lugar a una investigación”, dijo el tercer Perceptivo.
“Descubrir la verdad por sus propias indagaciones sería mejor para todos, y no que protestemos acerca de lo mal que se nos trató”, dijo el primer Perceptivo.
“Según nuestra experiencia, generalmente es mejor para las personas llegar a la verdad mediante lo que ellas consideran que es su propia iniciativa”, dijo el segundo Perceptivo.
“Es hora de que sigamos adelante, pues hay trabajo por hacer”, dijo el tercer Perceptivo.
Y los pensadores Sufis continuaron su camino. Aún se los puede encontrar trabajando en las vías de la tierra.

Los tres perceptivos


Hay una historia muy antigua, formulada en términos religiosos, que intenta expresar de modo gráfico una estructura para mantener en la mente cuando se aspira a cosas reales, para no ser desviado por la atracción que uno pueda sentir por los estímulos que de hecho son superficiales.

Vista previa

La historia trata acerca de un hombre que murió y fue recibido por un ángel que le dijo: “Durante tu vida siempre creíste que las cosas aquí no podían ser realmente tan malas como pensabas. ¿Te gustaría ver el Cielo y el Infierno y escoger tu propio destino, tal como siempre has escogido en tu vida terrena?”

Por supuesto que estuvo de acuerdo, y el ángel abrió una puerta que decía “Infierno”. Dentro se encontraban juerguistas y gente danzando y tocando tambores. Parecía como si una orgía permanente estuviese en marcha, hombres y mujeres flirteaban, demonios y espíritus brincaban por allí. Todo parecía muy activo e interesante. Luego el ángel abrió la puerta que decía “Cielo”. En el interior se veían hileras de gente sonriente, sentados y recostados por allí, en un estado de felicidad aséptica. Pero todo parecía más bien frío.

“Escojo el primer lugar”, dijo el hombre, ya que no quería pasar toda la eternidad sin hacer nada.

Leer Más


Wahab Imri

A man went to Wahab Imri and said: ‘Teach me humility.’ Wahab answered: ‘I cannot do that, because humility is a teacher of itself. It is learnt by means of its practise. If you cannot practise it, you cannot learn it. If you cannot learn it, you do not really want to learn it inwardly at all.’

Wisdom of the Idiots

New eBook, printed, audiobook and free online pdf: http://idriesshahfoundation.org/books/wisdom-of-the-idiots/


Hipócrita

P: Me resulta difícil comprender cómo, si el hombre es – al menos parcialmente – una criatura espiritual, las cosas del mundo pueden ayudarle a recobrar su conocimiento de lo Divino. Seguramente las palabras, acciones y enseñanzas de los Sufis tienen que ser todas consideradas como cosas del mundo, ¿es así?

R: Reflexiona acerca de esta historia, porque es el único modo en que tus preguntas pueden responderse:

Leer Más