P: Me resulta difícil comprender cómo, si el hombre es – al menos parcialmente – una criatura espiritual, las cosas del mundo pueden ayudarle a recobrar su conocimiento de lo Divino. Seguramente las palabras, acciones y enseñanzas de los Sufis tienen que ser todas consideradas como cosas del mundo, ¿es así?

R: Reflexiona acerca de esta historia, porque es el único modo en que tus preguntas pueden responderse:

Había una vez un hombre muy codicioso que era desagradable con su pobre e inofensiva familia; aunque era un hipócrita tal, que nadie más conocía su verdadera naturaleza. Este hombre oyó que había cierta cueva en la cual se había ocultado un tesoro incalculable, y pasó años buscándola. Un día caminaba a través de la espesura cuando se topó con la cueva. Al entrar vio que se hallaba repleta de tesoros, oro y plata. Cargó en su asno tanto como le fue posible y regresó a la cueva para recoger su bastón… tan codicioso era que no lo iba a dejar allí. Pero esta era una cueva mágica: antes de que el hombre pudiese salir, llegó el momento de que la entrada se cerrase sola, y la puerta giró sobre sí misma para no abrirse por otros diez años. El asno, al sentirse hambriento y cansado de esperar, encontró su camino de regreso a la casa familiar. Ya que al codicioso hipócrita no se lo volvió a ver más, su inocente familia compartió el tesoro que el asno había traído y vivieron felices para siempre.

Así que, como ves, para obtener el tesoro puede que los INOCENTES tengan que depender, hasta cierto punto, de cosas que no parecen tener conexión con sus necesidades, y que no parecen estar relacionadas… hasta que el patrón funciona.

El yo dominante
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Hipócrita