Súplicas acumuladas

 

 

 

 

 

 

 

En cierto lugar era costumbre que la gente visitase un santuario y rezasen allí pidiendo buena fortuna.
Hacían una pequeña ofrenda al derviche que cuidaba el lugar, para su mantenimiento y por caridad.
Tras muchos años de esta tradición, cuyos orígenes para entonces ya se habían olvidado, llegó un hombre realmente necesitado.
Pero él no pidió nada.
En el momento de su llegada, un individuo caritativo se le aproximó y dijo:
“He prometido dar todo mi dinero en este lugar a la primera persona que encontrase.”
Donó hasta la última moneda de toda su fortuna al hombre verdaderamente necesitado.
Uno de los discípulos del derviche preguntó por el significado interno de esta transacción.
El derviche, lleno de sabiduría, le dijo:
“Las súplicas acumuladas aguardaban a un hombre necesitado que no pidiese. Tan pronto como apareció, las aspiraciones correctas actuaron y las oraciones fueron capaces de surtir un efecto verdadero.”
“Pero la gente cree que es el santuario mismo el que les trae buena fortuna”, objetó un transeúnte.
“Trae buena fortuna a aquellos que la merecen. Los indignos atribuyen su suerte a haber estado en el santuario. Pero a menudo la atribución difiere del origen.”

Súplicas acumuladas

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