Cuando la muerte vino a Bagdad

El discípulo de un Sufi de Bagdad estaba un día sentado en un rincón de una posada, cuando oyó hablar a dos personas. Por lo que decían, se dio cuenta de que uno de ellos era el Ángel de la Muerte.
“Tengo varias visitas que hacer en esta ciudad durante las próximas tres semanas”, decía el Ángel a su compañero.

Aterrorizado, el discípulo se ocultó hasta que ambos hubieron partido. Entonces, aplicando su inteligencia al problema de cómo frustrar una posible visita de la muerte, resolvió que si se mantenía alejado de Bagdad, no sería tocado. Solo hubo un corto paso entre este razonamiento y alquilar el caballo más veloz disponible y espolearlo día y noche en dirección a la lejana ciudad de Samarcanda.
Mientras tanto, la Muerte se encontró con el maestro Sufi y hablaron sobre diversas personas. “¿Y dónde está tu discípulo tal y tal?” preguntó la Muerte.
“Debería estar en algún lugar de esta ciudad, empleando su tiempo en contemplación, quizá en un caravasar”, dijo el maestro.
“Sorprendente”, dijo el Ángel, “pues está en mi lista. Sí, aquí está: tengo que recogerlo dentro de cuatro semanas, nada menos que en Samarcanda”.

Cuentos de los derviches

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