Los cofres de oro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Érase una vez un rico mercader que partió en un largo viaje, dejando a su sirviente a cargo de su dinero; un hombre astuto y deshonesto lo escuchó por casualidad decirle al sirviente:

“Todo queda bajo tu responsabilidad. En mi bóveda tengo cien cofres de oro; en cada uno hay cien de piezas de oro: custódialos hasta que regrese.”
El hombre astuto logró, trabajosamente, cierta familiaridad con el criado y a menudo solían sentarse a tomar café.

Un día el astuto dijo: “Soy una especie de alquimista. Si consiguiese una pieza de oro, la podría duplicar para que se convierta en dos.”
Al principio el sirviente no le creía; pero después de un tiempo estuvo tentado de hacer la prueba, usando parte del dinero de su empleador.
“Solamente lo tomas prestado”, dijo el astuto, “y lo mantienes en tus propias manos, aquí en el café. Si no se multiplica, ¿qué puedes perder?”
Finalmente el criado aceptó.

Agarró una pieza de oro del tesoro de su amo y la puso en una caja, ingeniosamente ideada, que el “alquimista” suministró. Cuando abrieron la tapa, adentro había dos piezas.
Estimulado de este modo, y habiendo recibido la pieza extra como un obsequio, el sirviente le preguntó al alquimista si podía repetir el proceso.
“Claro que sí”, dijo el astuto, “pero hay ciertas reglas. Primero debes solamente tomar una moneda de cada uno de los cofres que ya tienes, sin importar cuántos sean. Tráelos aquí.”

El criado hizo lo que se le dijo y, una tras otra, las cien monedas se convirtieron en doscientas.
“Ahora la siguiente regla”, dijo el astuto, “y esta es: no debes poner las ‘monedas duplicadas’ en la misma caja. Consigue otra caja y pon las doscientas ahí. Luego gasta de la nueva caja hasta que se hayan acabado tus cien. Esto dejará intacto el capital de tu amo y tú habrás ganado cien piezas de oro.”
El sirviente hizo lo que se le dijo. Comenzó a gastar de lo suyo y, en efecto, descubrió que las piezas “duplicadas” eran de oro verdadero, aceptadas sin problema en las tiendas.

Nunca había tenido tanto dinero en su vida y gastó una gran parte en bebida y otros caprichos personales, alentado por el “alquimista”, quien le dijo: “Apenas se acaben esos cien, avísame y podremos repetir el proceso… pero no antes.”
Cuando regresó el mercader, el sirviente ya era muy adicto a la bebida. Cuando lo vio, el recién llegado dijo: “¿Qué clase de criado eres? ¿Supongo que te has gastado mi dinero?”

“Al contrario”, balbuceó el sirviente, “lo he multiplicado.” El mercader corrió hacia su tesoro, pero según lo que podía ver no parecía faltar nada.
En ese momento el astuto apareció en escena y le dijo al mercader: “¡Dame el dinero que has estado custodiando para mí!”

“¿Qué dinero?” dijo el mercader. “Jamás te he visto en mi vida.”
Comenzó tal disputa que llamaron a la policía, quienes llevaron a ambos a la corte para ser juzgados.
“Este hombre tiene mi dinero, el cual ha estado custodiando para mí”, dijo el ladrón al juez.

“¿Cuánto dices que es?”, preguntó el juez.
“Nueve mil novecientas cincuenta piezas de oro; noventa y nueve por cofre, y un cofre con apenas cincuenta piezas en él”, dijo el astuto, que había estado llevando la cuenta de lo gastado por el sirviente.

“¡Eso es mentira y puedo probarlo!” dijo el mercader. “Yo tenía cien cajas con cien piezas en cada una, las cuales se las dejé a mi criado. Entonces, o bien queda esa cantidad, que son 10.000 piezas de oro en total; o algo menos que eso, si el sirviente me ha estado robando. No puede haber la cantidad que este hombre dice.”

La corte ordenó que se inspeccionase el oro. Se descubrió que el total concordaba exactamente con el relato del ladrón. Al criado se lo consideró como privado de razón debido al alcoholismo y por lo tanto no se aceptó su testimonio. La corte otorgó la totalidad del dinero al hombre astuto, quien se convirtió en un ciudadano popular y respetado.

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Los cofres de oro

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