Varios de los relatos de Nasrudín resaltan la falsedad de la creencia general humana de que el hombre tiene una conciencia estable. A merced de impactos internos y externos, la conducta de casi todo el mundo varía de acuerdo con su estado de ánimo y de salud. Si bien este hecho es obviamente reconocido en la vida social, no es admitido completamente en la filosofía o la metafísica formal. En el mejor de los casos, es deseable que el individuo cree en sí mismo un marco de devoción o concentración por medio del cual se espera que pueda alcanzar la iluminación o la plenitud. En el Sufismo, es la conciencia entera la que en definitiva ha de ser transmutada, comenzando por el reconocimiento de que el hombre no regenerado es poco más que una materia prima. No tiene una naturaleza fija, una unidad de conciencia. Dentro de él hay una “esencia”. Esta no está vinculada a todo su ser o incluso a su personalidad. En el fondo, nadie sabe automáticamente quién es en realidad, a pesar de la ficción que implica lo contrario. Nasrudín cuenta:

Un día el Mulá entró a una tienda.
El propietario se acercó para atenderlo.
“Lo primero es lo primero”, dijo Nasrudín. ¿Me viste entrar a tu tienda?”
“Por supuesto.”
“¿Me habías visto alguna otra vez?”
“Ni una sola en toda mi vida.”
“Entonces, ¿cómo sabes que soy yo?”

Por excelente que pueda ser como un simple chiste, aquellos que lo consideran como la idea de un hombre estúpido y que no contiene un significado más profundo, no son personas que estén en condiciones de beneficiarse de su poder regenerativo. Extraes de un cuento de Nasrudín apenas un poquito más de lo que has puesto en él; si a una persona le parece no ser más que un chiste, tal persona necesita más trabajo sobre sí misma. La vemos caricaturizada en este intercambio de Nasrudín sobre la luna:

“¿Qué hacen con la luna cuando es vieja?”, un estúpido le preguntó al Mulá.
La respuesta fue digna de la pregunta: “Cortan cada una de las lunas viejas para hacer cuarenta estrellas.”

Los Sufis

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Varios de los relatos de Nasrudín




 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los hombres útiles, llevando a cabo trabajo útil, no se enojan si se los llama inútiles; mas los inútiles que imaginan estar operando de una forma significativa, se enfurecen enormemente si se les aplica esta palabra.
“Visité”, dice Kazwini, “un grupo de Sufis lo suficientemente sinceros. Practicaban invocaciones y tocaban música con instrumentos de cuerda.
“Escuché los discursos de eminentes autoridades y asistí a los festivales de los Maestros, tanto vivos como muertos.
“Me puse la túnica emparchada y mendigué de puerta en puerta, tal como se recomienda en los clásicos. Recé, ayuné y di limosna.
“Aprendí los intrincados giros y las letanías, y tomé parte en la Quietud.
“Dominé la habilidad de contener la agitación interna.
“Aprendí a borrar mi ‘Yo’ y a restaurarlo una vez purgado.
“Entonces conocí a la Prueba. La Prueba me dijo:
“‘¿Qué buscas?’
“Dije:
“‘Busco al Maestro.’
“La Prueba dijo:
“‘Si hubieses pedido más acción, yo te la habría dado. Pero dado que deseas la Verdad, te conduciré a la Verdad.’
“Me llevó hacia el Maestro; y el Maestro me enseñó el verdadero significado de toda la exterioridad que yo había estudiado.
“Cuando regresé al mundo nadie quiso escucharme, y la exterioridad continúa. Así como el Maestro lo predijo ante mí: continuará hasta el fin de los tiempos.”

 

Pensadores de Oriente

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Los viajes de Kazwini