El País de la Verdad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cierto hombre creía que la vigilia ordinaria, la vida tal como la gente la conoce, no podía en absoluto ser completa.
Buscó al verdadero Maestro de la Era. Leyó muchos libros y se unió a varios círculos y escuchó las palabras y presenció los actos de un maestro tras otro. Llevó a cabo las órdenes y los ejercicios espirituales que le parecieron más atractivos.

Se sintió exultante con algunas de sus experiencias; en otros momentos estaba confundido y no tenía ni idea de cuál era la etapa en la que estaba, o dónde y cuándo terminaría su búsqueda.

Un día, este hombre estaba repasando su comportamiento cuando de repente se halló cerca de la casa de cierto sabio de gran renombre. En el jardín de esa casa se encontró con Khidr, el guía secreto que muestra el camino a la Verdad.
Khidr lo llevó a un lugar donde vio gente muy angustiada y afligida, y preguntó quiénes eran. “Somos aquellos que no seguimos enseñanzas verdaderas, quienes no fuimos fieles a nuestras promesas, quienes veneramos a maestros autoproclamados”, dijeron.

Luego el hombre fue llevado por Khidr a un lugar donde todos eran atractivos y estaban llenos de alegría. Preguntó quiénes eran. “Somos aquellos que no seguimos las verdaderas Señales del Camino”, contestaron.
“Pero si han ignorado las Señales, ¿cómo pueden estar felices?”, preguntó el viajero.

“Porque elegimos la felicidad en vez de la Verdad”, dijo la gente, “así como aquellos que eligieron a los autoproclamados también eligieron la desdicha.”
“Pero, ¿no es la felicidad el ideal de la humanidad?”, preguntó el hombre.
“El objetivo de la humanidad es la Verdad. La Verdad es más que la felicidad. La persona que tiene la Verdad puede tener el humor que desee… o ninguno”, le dijeron. “Hemos hecho de cuenta que la Verdad es felicidad y que la felicidad es la Verdad, y la gente nos ha creído; por lo tanto, tú también has imaginado hasta ahora que la felicidad debe ser lo mismo que la Verdad. Pero la felicidad te hace su prisionero, como lo hace la desdicha.”

Entonces el hombre se encontró de regreso en el jardín, con Khidr a su lado.
“Te concederé un deseo”, dijo Khidr.
“Me gustaría saber por qué he fallado en mi búsqueda y cómo puedo llevarla a cabo exitosamente”, dijo el hombre.

“No has hecho más que desperdiciar tu vida”, dijo Khidr, “porque has sido un mentiroso. Tu mentira ha estado en buscar satisfacción personal cuando podrías haber estado buscando la Verdad.”
“Y sin embargo llegué al punto donde te encontré”, dijo el hombre, “y eso es algo que no le sucede a casi nadie.”

“Y me encontraste”, dijo Khidr, “porque por apenas un instante tuviste la suficiente sinceridad para desear la Verdad por sí misma. Fue aquella sinceridad, en ese instante único, la que me hizo responder a tu llamada.”
Ahora el hombre sentía un incontenible deseo de encontrar la Verdad, incluso si terminaba perdiéndose a sí mismo.

Sin embargo, Khidr estaba empezando a alejarse caminando y el hombre comenzó a correr tras él.

“No me sigas”, dijo Khidr, “porque estoy regresando al mundo ordinario, el mundo de las mentiras, pues allí es donde tengo que estar si he de hacer mi trabajo.”
Y cuando el hombre miró nuevamente a su alrededor se dio cuenta de que ya no estaba en el jardín del sabio, sino en el País de la Verdad.

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El País de la Verdad

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