Oriental Magic

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuanto más profundo uno se adentra en el estudio de lo sobrenatural y sus devotos, más evidente resulta que las tendencias de pensamientos similares han hecho que las mentes de los hombres trabajen de forma parecida entre comunidades tan diversas que podrían pertenecer a mundos diferentes.

Según el ocultista, esta extraña identidad de rituales y creencias mágicas significa que existe una sola ciencia arcana, revelada a sus adeptos y transmitida a cada pueblo. Los defensores de la teoría de diseminación cultural sostendrán que el ocultismo es apenas una de esas cosas cuya difusión fue una consecuencia natural de las relaciones sociales entre los pueblos.
Cualquiera que sea la verdad, el estudio de los hacedores de milagros en diversos países es una de las ocupaciones más fascinantes. Cerca de Chitral, en Pakistán, hace algunos años vivió un hombre santo a quien se lo creía poseedor de poderes místicos. A nadie se le ocurría pasar por delante de su cueva del miedo que tenían de que les lanzara una maldición por invasión de propiedad privada; la creencia popular decía que él era un familiar del mismísimo Satanás.

A veces los bandoleros de la frontera, cuyas depredaciones los llevaban cerca de su hogar, lo veían. Para ellos se convirtió en alguien cuya buena opinión era buscada, para asegurarse el éxito en sus robos.
El poder de su nombre llegó a ser tal – se lo denominaba diversamente como el Espíritu de las Montañas o el Espíritu del Aire – que cuando murió, la cueva se convirtió en un santuario. Cuando pasé por allí me mostraron el nido de aquel ermitaño. Al igual que sus homólogos occidentales había coleccionado una gran cantidad de serpientes secas, y un montón de figuras de cera perforadas con alfileres estaban desparramadas en un rincón de la cueva. Incluso hoy, esperanzados devotos dicen una oración o pronuncian un deseo sobre un trozo de tela que luego es atado a un árbol solitario fuera de la morada del santo. Enterrado boca abajo, para que cualquier maldad que pueda estar en él atraviese la tierra, su cuerpo yace, como es costumbre desde la China a Marruecos, allí donde fue encontrado.
Aproximadamente en la misma época, en la frontera indochina, una notoria bruja que podría haber salido directamente de Macbeth floreció como hechicera y hacedora de todo tipo de milagros. Sentía inexplicables y violentas aversiones por la gente. De ella se decía que sabía todo sobre la vida privada de las personas, lo cual podría – o no – explicar sus predilecciones. Su principal deleite, sin embargo, era castigar a aquellos que causaban infelicidad a otros, y por esa razón ella fue venerada por muchos como una santa. Esta Sita afirmaba tener más de ciento cincuenta años de edad: una conclusión a la cual, según se dice, también había llegado de forma independiente la habitante más vieja de la aldea vecina. La centenaria contaba que entre sus más tempranos recuerdos estaba la imagen de la Sita como un ser muy decrépito y arrugado: exactamente como se veía cien años después.

El método de convocar a la bruja era el siguiente: las personas en problemas, los esposos dominados por sus mujeres y las esposas cuyos maridos eran crueles, los enfermos y necesitados, todos subían al techo de sus casas y gritaban el nombre de Sita tres veces. Los búhos locales, actuando como sus espíritus familiares, rápidamente le llevaban el mensaje a ella. A la mañana siguiente el ofensor caería enfermo con fuertes dolores de cabeza. De manera contraria, un golpe de buena suerte aparecería en el camino del invocante.

Cuando llegué a su choza hecha de matorrales, provisto con el pastel de frutas que aparentemente era su mayor pasión, ella me pareció muy poco diferente de cualquier mujer ordinaria de esa parte del mundo. La mayor parte del tiempo ella hablaba, con suficiente libertad, del valioso trabajo que siempre estaba haciendo al advertirles a las jóvenes sobre las verdaderas características de los hombres. Aunque parecía ser de una edad avanzada, sus ojos eran extrañamente claros. En vez de tener la espalda encorvada y las mejillas hundidas de la bruja típica, ella estaba erguida y se movía con sorprendente agilidad. Sin embargo, algunos de sus monólogos resultaban algo confusos; y cuando le pregunté acerca de la forma en que lograba los efectos sobrenaturales, ella me miró como una niña traviesa y dijo que yo nunca podría comprenderlo.

Parecía no haber ninguna duda de que Sita, en común con muchos magos, realmente creía en sus poderes. Ella negaba que sus éxitos pudieran atribuirse a la autosugestión de sus clientes, aunque aceptaba que este era un fenómeno bien conocido. También afirmaba que todo su conocimiento provenía de lo que le había enseñado su madre, y renegaba de los libros ocultistas y de toda religión formal por ser engaños fraudulentos. No puedo decir que su personalidad fuera magnética o persuasiva o que tuviese alguna de las características extrañas que generalmente sienten los meros mortales en presencia de un poder oculto. Lo único que realmente me impresionó de ella fue el hecho de que describió cosas que me sucederían a mí: y estas cosas sí ocurrieron posteriormente (9).

Magia oriental

La nueva edición ya está lista, incluyendo por primera vez todo el material fotográfico, en formato papel (blando y duro) + eBook. También, como siempre, lo puedes leer gratuitamente aquí:

https://idriesshahfoundation.org/es/books/magia-oriental/

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