Perplejidad

Érase una vez un hombre que vivía tranquilamente en cierto lugar, no lejos de una montaña. Era educado y refinado, pero la gente común no veía nada muy notable en él; mas tenía un modo atractivo y había algo acerca de su amabilidad y comprensión que hacía que muchos lo visitaran y le pidiesen consejos.

Cuando alguien venía a verlo, lo aconsejaba. A uno, por ejemplo, le dijo que abriese una tienda; a otro, que aprendiese cómo construir balsas; a un tercero le recomendó aprender acerca del cultivo de plantas y cómo se mantenían los jardines.

Un día, varias personas que habían partido en busca de la Verdad hicieron una pausa en su viaje y comenzaron a charlar entre ellos.

El primero dijo:

“Fui capaz de guiar cuidadosamente a todo el grupo a través del torrente traicionero que acabamos de cruzar, pues una vez cierto hombre me recomendó que aprendiese a construir balsas.”

El segundo hombre dijo:

“Cuando en este viaje fuimos todos capturados por bandidos, aseguré nuestra liberación mostrándole al jefe de los ladrones cómo cultivar su jardín. Fui capaz de hacerlo debido a las instrucciones que me dio cierto hombre, quien me sugirió que aprendiese acerca de las flores y los jardines.”

Un tercero dijo:

“Durante este viaje hemos escapado de los terrores de los animales salvajes debido a las instrucciones que me dio cierto hombre. Fue él quien, cuando le pregunté qué debía hacer con mi vida, dijo: ‘Aprende a dominar a los animales salvajes.’”

Y así también era con todos los otros integrantes de la caravana. Cuando compararon notas, cada uno descubrió que se le había dicho una simple cosa acerca de cómo progresar en la vida, aunque pocos se dieron cuenta de cuán importante podía llegar a ser para su supervivencia.

El guía que los acompañaba durante el viaje dijo:

“Solo recuerden que si no hubiesen seguido el consejo de aquel hombre, ninguno de ustedes estaría aquí; pues hay muchos que fueron a verlo en busca de consejo y se rieron de él u olvidaron sus lecciones, ya que no reconocieron que podía haber algún significado interior en lo que aconsejaba.”

Cuando los viajeros llegaron al final de su viaje, vieron que su guía era aquel hombre que había vivido al pie de la montaña… el mismo que los había aconsejado. Apenas se habían recuperado de su asombro cuando los llevó hacia la presencia de la Verdad: y entonces vieron que la Verdad era nada menos que el mismísimo hombre.

Los viajeros estaban perplejos, y su portavoz preguntó:

“Si eres la verdad, tal como ahora todos podemos ver, ¿por qué no nos lo dijiste al comienzo, así nos ahorrábamos este viaje y todos estos malestares?”

Mas apenas hubieron sido pronunciadas estas palabras, captaron – porque habían visto la Verdad – que jamás habrían sido capaces de percibir la Verdad a menos que hubieran atravesado las tres etapas: la etapa del consejo y el aceptarlo; la etapa del viaje y la aplicación de sus conocimientos; y la etapa del reconocimiento de la Verdad misma.

Fueron capaces de llegar a su destinación solamente porque algo en su ser interior había sido capaz de reconocer, en el consejo ordinario de un hombre al pie de la montaña, alguna resonancia interior de la verdad, algún fragmento de realidad. De esta manera, el hombre puede llegar al reconocimiento de la Verdad Absoluta.

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