En Fihi Ma Fihi, al mismísimo comienzo, Rumi cita una frase del propio Muhammad que ha pasado al lenguaje común y ha sido convertida en proverbio, sabiamente transmitida de boca en boca. Se comenta que Muhammad dijo: “El peor de los sabios es el que visita a un príncipe; el mejor príncipe es el que visita a un sabio.”

Rumi indica que el significado interior de esta enseñanza señala que la definición de “visitar” depende de la calidad del visitante y el visitado. Si un gran sabio visita a un príncipe, es el príncipe quien se beneficia; y por ende se le ha de considerar como “visitante” del sabio. Esto está muy lejos de ser un mero juego de palabras, tal como algunas personas poco reflexivas han supuesto.

Con algo así como una táctica de choque, el Mathnawi abre su enseñanza, después de la célebre “Canción del Junco”, con lo que parece un cuento de hadas sobre un príncipe cazador y una bella muchacha. Cuando el lector se dispone a disfrutar de una historia convencional, Rumi empieza a manipularla para crear pensamiento en la mente y combatir la tendencia al “sueño”, que Sufísticamente se considera que es la reacción usual a los cuentos populares.

Un príncipe había salido de caza, cuando vio sobre el camino a una bella joven campesina. Se enamoró de ella, y la compró. Poco después, ella enfermó. Desesperado por una cura, el potentado les ofreció a los médicos cualquier bien mundano que acaso deseasen. Fueron incapaces de hacerlo, y la condición de la joven empeoró. El príncipe, completamente afligido por el amor y el miedo, corrió hacia la mezquita e imploró la ayuda divina.

Tuvo una visión en la cual un anciano le aseguró que pronto aparecería un médico. Al día siguiente, tal como se predijo, arribó este personaje. El doctor examinó a la paciente y se dio cuenta de que todos los remedios empleados por las sanguijuelas no solo habían sido inútiles, sino también perjudiciales. Comprendió que la enfermedad estaba relacionada con su condición interior. Aplicando un método psicológico, le formuló preguntas y la hizo hablar hasta que descubrió que estaba enamorada de cierto orfebre de Samarcanda.

Le dijo al príncipe que una cura se efectuaría si le trajesen el orfebre a la joven, y él aceptó. Por su parte, el orfebre vio en la convocatoria del príncipe apenas un reconocimiento de su propia importancia en la orfebrería. No se dio cuenta de cuál sería su destino.

Apenas llegó, se casaron; y la joven se recuperó completamente. Hasta aquí lo anodino de la historia bien puede haber hecho mella en la audiencia que se entrega al deleite de bien está lo que bien acaba.

Pero el médico empezó a preparar ciertas pociones para el orfebre: una que hizo que sus defectos internos fuesen tan evidentes que la doncella lo vio como era y comenzó a odiarlo. Él murió, y la joven fue capaz de amar al príncipe, quien siempre estuvo destinado para ella.

Además de la complicada imaginería del relato en su versión original, la enseñanza contiene un impacto en muchos niveles. No se trata solamente de narrar un cuento con una moraleja burda: es un comentario sobre algunos de los procesos de la vida.

Hadrat-i-Paghman dice de este relato: “Pondéralo, pues a menos que lo asimiles, serás como el niño que quiere que todo le salga bien y que llora cuando no es así. Te construirás una prisión para ti mismo, una cárcel de emociones. Cuando estés en esta prisión, te lastimarás a ti mismo con la aspereza de los barrotes que tú mismo has colocado.”

Los Sufis

La nueva traducción está disponible en todos los formatos: impreso (tapa blanda y dura), eBook y muy pronto el audiolibro.

También lo puedes leer gratis, aquí:

https://idriesshahfoundation.org/es/books/los-sufis/

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