El Sirdar Ikbal Ali Shah

 

 

 

 

 

por el Catedrático L. F. Rushbrook Williams *

Sirdar Ikbal Ali Shah, el padre de Idries Shah, pertenecía a una familia de Saiyids ‘Muswi’, descendientes directos de Ali Musa Raza, el octavo Imam, y por lo tanto del propio Profeta Mahoma.

Durante siglos, esta familia ha producido académicos, soldados y estadistas – incluso parientes de la dinastía sasánida de Irán – que han desempeñado un papel destacado en la historia de Irán, Iraq, Afganistán y la India[1].

La conexión de esta familia con Gran Bretaña comenzó hace tan poco – en comparación con su larga historia anterior – como 1839, durante la Primera Guerra Afgana, cuando el jefe de la casa era un gran terrateniente y Murshid (maestro) Sufi en Afganistán. Lady Sale, esa intrépida inglesa que escribía un diario detallado sobre los trágicos acontecimientos posteriores al intento británico de colocar a Shah Shuja en el trono afgano, lo llamaba ‘el “laird” (título escocés) de Paghman’. Era conocido por su título de Nawab Saiyid Mohammed Jan-Fishan Khan. Cuando comenzó la revuelta contra Shah Shuja, Jan-Fishan Khan, como cuenta Lady Sale:

ha visto como sus castillos y propiedades han sido destruidos; espera que sus esposas e hijos puedan haberse salvado, pero hasta ahora solo conoce el destino de un niño, que fue quemado vivo. Una esposa estaba con él en Kabul cuando estalló la insurrección y la instó a huir a Paghman por su seguridad; el viejo jefe me dijo que su respuesta valía un ‘lakh’ entero de rupias: ‘No te dejaré; si caes, moriremos juntos: y si eres victorioso, lo celebraremos juntos.’[2]

Paghman y Kohistan permanecieron, y continúan hasta nuestros días, habitados por miembros de la familia local. El Saiyid se estableció en una gran finca de unos veintiocho millas cuadradas de extensión en Sardhana, cerca de Meerut, en Uttar Pradesh, India[3].

La tumba del Gran Nawab se eleva sobre el paisaje Sardhana de Kamra-i-Nawaban (’La Morada de los Príncipes’). Sigue el patrón abovedado de los mausoleos de los maestros Sufis, que se encuentran en todas partes del mundo islámico. Esta lápida está hecha de mármol blanco; en ella se inscriben en hermosa escritura ‘nastaliq’ los versos en homenaje a él escritos por el Nawab (Príncipe) Basharat Ali Khan, un poeta famoso.

Fue sucedido por su hijo, Nawab Saiyid Muhammad Ali Shah; él a su vez por Nawab Saiyid Amjad Ali Shah, quien era el abuelo de Saiyid Idries Shah. Estos descendientes de una gran familia, aunque destacados en el ambiente local, apenas se metieron en la vida política. Mantuvieron una gran hacienda y a comienzos del siglo XX, cuando gracias a su generosidad les acosaron algunas dificultades financieras, el gobierno pagó sus deudas y administró el Sardhana para ellos hasta que se pagó un préstamo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hijo de Nawab Saiyid Amjad Ali Shah, Sirdar Saiyid Ikbal Ali Shah (el padre de Saiyid Idries Shah) inició a una edad bastante temprana lo que de hecho era una nueva línea de ocupación para la familia. Durante siglos, como hemos visto, estos descendientes del Profeta habían sido gobernantes, estadistas y soldados. Saiyid Ikbal Ali Shah fue el primero de ellos que llegó a ser conocido en Occidente como hombre de letras, y el primero en viajar a Gran Bretaña para completar una educación, que comenzó en el famoso Colegio Mahometano Anglo-Oriental – ahora la Universidad – en Aligarh. Fue a Edimburgo para continuar sus estudios; y a partir de ese momento, aunque nunca se convirtió en ‘inglés’ y nunca perdió de ninguna manera su vínculo con su propia gran herencia cultural, formó un profundo apego al Reino Unido, donde hizo su hogar (en la medida en que un gran viajero puede decir que tiene un hogar) durante muchos años. Este apego ha ido aún más profundo en el caso de su hijo, Saiyid Idries Shah, que siempre regresa a Inglaterra, incluso después de viajar, al igual que su padre, a muchas partes del mundo.

Sirdar (como se le conocía generalmente) Ikbal Ali Shah era un hombre notable; yo gozaba de su amistad durante más de medio siglo. Llegué a conocerlo por primera vez durante la Primera Guerra Mundial, cuando yo solo llevaba unos cuantos años en la India. Como estudiante de la historia islámica – tenía una cátedra en Allahabad hasta que me llevaron al gobierno de la India – apreciaba la larga línea dinástica de Sirdar Ikbal Ali Shah; y pensaba encontrar, cuando lo conocí, a un aristócrata de opiniones conservadoras, casi reaccionarias, unido a la convicción de que el mundo le debía todo por su ascendencia distinguida. Pero nada de eso; era un hombre de la perspectiva más ilustrada, de amplia lectura, y de intereses, en todo caso, más amplios que los míos. Aunque la riqueza familiar era considerable en todos los sentidos, parecía decidido a hacer su propio camino en el mundo, y a aprovechar sus privilegios de nacimiento solo con el fin de obtener acceso a personas y lugares que, debido a estos privilegios, se convirtieron en accesible para él. Ya había comenzado a presentar un rompecabezas considerable para los funcionarios británicos locales. Que el hijo de un rico dignatario de las antiguas Provincias Unidas eligiese ir a Europa para emprender estudios superiores era bastante extraño; pero aún más extraño, en sus ojos, era su profundo interés en las cosas de la mente y el espíritu, que hacía que la vida cómoda en la finca de Sardhana – de la que era el único hijo y heredero de Nawab – resultase demasiado limitado para satisfacerlo. Incluso aquellos oficiales británicos que, como yo, conocían su noble ascendencia, estaban perplejos por él, aunque tal vez por una razón diferente. ¿Por qué un Saiyid, de la verdadera línea fatimita, nacido, por así decirlo, para ser un líder del Islam, mostraba este extraño interés por la filosofía Sufi? Nos pareció casi como si un cardenal, en los días del Sacro Imperio Romano, estuviera demasiado ocupado con las doctrinas y las prácticas de los herejes albigenses.

Como estudiante de la historia india, sabía algo sobre los Sufis del país. Su nombre, se decía, derivaba de su hábito de vestir prendas de lana blanca sin teñir. Su origen, se creía, provenía de Irán, donde su celo por los lazos de la humanidad común y su libertad de la rigidez doctrinal fomentaba su buena reputación entre la gente humilde con quienes trabajaban. Debían de ser entre los primeros estudiantes de la religión comparada, ya que examinaron el budismo y el cristianismo y estudiaron las filosofías de Grecia y la India. En este contexto, reexaminaron la fe del Islam con el objeto de extraer, por así decirlo, los elementos atemporales y esenciales del mensaje del Profeta a la humanidad, según lo registrado en el Corán y los Hadiz (comentarios tradicionales de Mahoma y sus seguidores). Al igual que los frailes franciscanos y dominicos en la Europa del siglo XIII, se preocuparon mucho por la pobreza y el desapego de las posesiones materiales; pero a diferencia de las órdenes mendicantes, no tenían uniformidad de doctrina. Su propósito era lograr la cercanía a Dios y transmitir a los demás el mensaje de la misericordia y la compasión eternas que marcaron sus tratos con la humanidad. Su constante empeño fue desarrollar las posibilidades de ‘cercanía’ a Dios donde y cuando pudieran. Experimentaron con muchas variedades de experiencias religiosas: entre ellas, la repetición ritual de los atributos de Dios hasta que desaparecía el sentido de personalidad subjetiva del adorador; y el uso de la música calculada y el baile como ayudas para la sensación de exaltación que facilitó un acercamiento al umbral de la Verdad. Inevitablemente, llegaron a ser considerados como hacedores de milagros, poseedores de poderes mágicos, aunque muchas de sus prácticas, en nuestros días, nos parecen conformes con los resultados de nuestros estudios modernos en campos tales como la educación y el entrenamiento de la mente.

Como propagandistas del Islam tal como lo interpretaron, fueron excelentes; en la India ganaron muchos más conversos por el amor y la comprensión que jamás se convirtieron al Islam por adoctrinamiento. No destruyeron ningún templo; no mataron a ningún infiel. Dieron la bienvenida a los conversos como amigos e iguales; aceptaron matrimonios mixtos con ellos. A medida que su número aumentaba, también producían líderes, muchos de ellos calificados como verdaderos santos tanto por musulmanes como por hindúes. Sus seguidores comenzaron a constituirse en algo parecido a las órdenes separadas de la Iglesia Cristiana, algunos persiguiendo prácticas particulares que su líder había encontrado localmente efectivas: pero todas caracterizadas por la única actitud básica de buscar a Dios, honrar el verdadero aprendizaje y enseñar mediante métodos que nuestras investigaciones modernas están empezando a redescubrir y aprobar, cómo el conocimiento debe aplicarse a las necesidades de la humanidad. Entre las órdenes Sufis, las que han jugado el papel más importante en la historia de la India fueron los Chishtis, los Qadiris, los Suhrawardis y los Naqshbandis. Todos han producido santos, a cuyas tumbas la multitud todavía se congrega: hombres como Moinuddin Chishti de Ajmer, Nizamuddin Auliya de Delhi, Mian Mir de Lahore y Shaikh Salim Chisti, que fue el gran consejero espiritual de Mughal Akbar. Estos santos ejercieron gran influencia durante sus vidas; después de su muerte, los musulmanes pobres que no pudieron realizar el peregrinaje a La Meca viajaron a sus santuarios a cambio. Ese distinguido historiador de los Sijs, Khushwant Singh, que se considera como uno de los hombres de letras indios más prominentes, ha comentado sobre la influencia formativa de los Sufis en la fundación de la religión Sij. Las dos religiones tienen, de hecho, un buen trato en común; Mian Mir, de la Orden Qadiri, amigo cercano del quinto de los Gurús Sij, Arjun Singh, sentó las bases del Templo Dorado en Amritsar, el mayor y más famoso de todos los santuarios Sijs.

Un estudiante de la historia india, como yo, no podía evitar tener algún conocimiento de los Sufis y de su trabajo en la India; pero lo que no me había dado cuenta, hasta que Sirdar Ikbal Ali Shah me lo explicó, fue que tenían una fuerte influencia en casi todos los países de Medio Oriente, África, Asia del Sur y Asia Central. Me dijo que su ambición personal era poder dedicar su vida al estudio de estas comunidades tan dispersas, y del mensaje que inculcaron en todas partes donde se las encontraba. Estaba convencido, dijo, de que este mensaje podría formar un puente entre las formas de pensar occidental y oriental; y que los métodos que usaban para transmitirlo – métodos bien probados por siglos de práctica con éxito – ciertamente serían de interés, y podrían ser de valor, para el mundo occidental en la búsqueda de las mejores formas de promover el pensamiento independiente y la reexaminación de valores aceptadas para probar su idoneidad a las necesidades de la sociedad moderna. Estas ideas, que expuso Sirdar Ikbal Ali Shah, eran bastante nuevas para mí en ese momento, pero vi lo fructíferas que podrían ser, e hice lo que pude por alentarlo en su búsqueda de ellas.

Sirdar Ikbal y su hijo, tanto por escrito como de otra manera, iban a mostrar en última instancia cómo el pensamiento y la acción Súficos, educativos y adaptativos como son, podrían ser útiles para el pensamiento contemporáneo. Como historiador, fue de particular interés para mí que descubrieron y utilizaron muy claramente una clave para las perplejidades de la historia Sufi que han hecho que muchas investigaciones previas sobre el tema sean en gran parte infructuosas. Esta clave, conformada principalmente por el simbolismo, los niveles de comprensión y la adaptación, explica por qué tanta gente en diferentes lugares y épocas llegó a formar impresiones tan diversas sobre los Sufis y sus orígenes e intenciones. Los Sufis son, de hecho, ellos mismos la parábola viviente de ‘El elefante en la oscuridad’[4]: medio comprendido por la gente sencilla, menos comprendida por muchos entusiastas especialistas, incluso en Oriente, y eso incluso hoy en día. Pero la misma coherencia de la doctrina expuesta por los Shah establece su autenticidad. Por primera vez, explica el Sufismo sin forzar significados, sin ‘pruebas por instancias seleccionadas’.

Sirdar Ikbal Ali Shah fue el más brillante de los eruditos asiáticos con que colaboré. Era un maestro del urdu, persa y árabe. Su lectura fue amplia y profunda. Tenía un bello estilo inglés y una enorme facilidad de expresión. Era un escritor notablemente rápido, y podía entregar su textos caligráficos mucho antes de que se llegara a la fecha límite[5]. Trabajamos juntos el tiempo suficiente para sentar las bases de una amistad que perduró hasta su muerte en un accidente de tráfico en Tánger en 1969.

Cuando su hijo Idries Shah nació en 1924, el Sirdar ya había comenzado a viajar por el mundo. Había restablecido los lazos familiares con Afganistán, donde su dominio de las lenguas locales – el pushtu y el persa – su condición de Saiyid y sus dones diplomáticos lo hacían un visitante muy honrado. Muy sensatamente, las autoridades afganas – entre los cuales estaban todos los miembros de la familia real – buscaron su consejo y ayuda con bastante frecuencia, no sólo en Kabul, sino también en su embajada en Londres, al cual Sirdar permaneció unido por diferentes asuntos durante mucho tiempo. Esto no le impidió viajar por el Medio Oriente, donde se convirtió en el amigo cercano y confiable de sus parientes Hashimi, el Sharif de La Meca, el Rey Abdullah de Jordania, el Emir Abdulillah de Iraq y otros estadistas prominentes. Sólo debido a su ascendencia y personalidad – no puedo pensar en ninguna otra razón – era tan confiable para los líderes de la ortodoxia como el Rector de la Universidad de Azhar en El Cairo como para reformadores como Kemal Ataturk[6].

Además de sus otras cualidades, Sirdar Ikbal Ali Shah era un escritor nacido con una facilidad casi peligrosa para escribir tanto en inglés como en árabe, persa y urdu. Digo ‘casi peligrosa’ porque gracias a su producción tan enorme, la esfera de sus intereses tan amplia, y su capacidad asombrosa de llegar a personas y lugares inaccesibles para otros, creció un cierto escepticismo, particularmente en Gran Bretaña, sobre si realmente había estado en todos los sitios donde decía haber estado. Esta actitud me molestó mucho, ya que el Sirdar era sobre todo honroso, y le hubiese sido indigno, además de ser inconsistente con las grandes tradiciones de su casa, presentar cualquier declaración que no estuviera estrictamente de acuerdo con los hechos. Hice todo lo posible para refutar a sus críticos, y creo que, al menos hasta cierto punto, lo logré. Además, entendía bien, si otros no, que sus excelentes libros de viaje[7] y sus biografías de figuras como Kemal Ataturk y el difunto Aga Khan[8] representaban – a pesar del hecho de que escribió alrededor de veinte libros en inglés en el curso de su vida – los meros subproductos de su determinación de estudiar las manifestaciones contemporáneas del Sufismo y de buscar en las doctrinas y prácticas de las diversas comunidades Sufis el vínculo entre el pensamiento oriental y el occidental del cual, estaba convencido, el mundo tenía tanta necesidad. Poco a poco fue reconocido como la gran autoridad viviente de la doctrina Sufi y los métodos de instrucción mediante los cuales esta doctrina podría aplicarse a los requisitos de la sociedad moderna. Además, utilizó su dominio del árabe y el persa para estudiar y traducir las escrituras de los grandes exponentes de la filosofía Sufi del pasado, así que transmitió al mundo occidental tesoros de pensamiento y práctica que hasta ese momento el Oeste había ignorado[9]. Dio conferencias en muchas de las universidades de Oriente Medio y el sur de Asia, así como de Occidente, e incluso en América Latina. Durante algún tiempo encabezó un grupo de investigación en Inglaterra al que acudían estudiantes de Sufismo; ocupó una cátedra (que abarca Asia occidental) en el Consejo de Relaciones Culturales establecido por la India independiente en Delhi, y hasta el día de su muerte participó activamente en el trabajo intercultural en el norte de África.

No cabe duda de que su profundo conocimiento de las enseñanzas y los métodos del Sufismo, su profundo estudio de los maestros Sufis y su interés en la gran masa de sabiduría proverbial asociada a tales figuras, reales o legendarias, como Mulá Nasrudín, Mulá Do-Piyaza y los héroes anónimos de la tradición derviche se abrieron a su hijo, Saiyid Idries Shah, una fuente casi inexplorada – en lo que al mundo anglófono se refiere – del ingenio Sufi, el humor y la penetración aguda debajo de las apariencias superficiales de las relaciones humanas convencionales.

Desde el momento en que Saiyid Idries Shah tuvo la edad suficiente para viajar con su padre, lo acompañó en muchos de sus viajes, y en una edad muy temprana se puso en contacto con muchas personalidades distinguidas que veían el largo linaje de los dos Saiyids como el principal, y en algunos casos, el único pasaporte de la confianza real y la intimidad. Tal educación para un joven de notable inteligencia, como Idries Shah pronto demostró poseer, presentó muchas oportunidades para adquirir una visión verdaderamente internacional y amplia, y un conocimiento de las personas y lugares que cualquier diplomático profesional de edad más avanzada y una experiencia más larga bien podría envidiar. Pero una carrera de diplomacia no atrajo a Idries Shah; había sido testigo de algunas de las frustraciones y desilusiones que de vez en cuando acosaban a Sirdar Ikbal Ali Shah en este campo de actividad, y decidió que la vida de una embajada no era para él. Y así como Sirdar Ikbal Ali Shah, como ya he mencionado, se había puesto en una carrera que era algo nuevo en la larga historia de su casa, su hijo, Saiyid Idries, continuó y amplió las investigaciones iniciadas originalmente por su padre. La primera vez que tuve contacto con el hijo fue cuando Saiyid Idries Shah era muy joven, pero recuerdo haber quedado impresionado por la atención que prestó a las conversaciones entre su padre y yo, que abarcaba un amplio terreno de asuntos mundiales que afectaba al Medio Oriente y Sur y Sudeste Asiático. Incluso entonces, era claramente un joven profundamente reflexivo; pero tenía, pensé, una aptitud muy práctica que podría servirle bien en su carrera posterior. El tiempo ciertamente ha demostrado que esta impresión estaba justificada.

Bien podría ser, creo, que Idries Shah se dio cuenta temprano de la medida en que su padre había sufrido de cierta tendencia soñadora. Sirdar Ikbal Ali Shah era un hombre adorable; pero no entendía muy bien los negocios. Nunca obtuvo mucho beneficio de sus excelentes libros, y se negó a utilizar para su ventaja personal sus innumerables contactos íntimos con hombres de alta posición. La filosofía Sufi no es nada sino altamente práctica; sin embargo, es práctico de una manera particular, espiritual e intelectualmente más que económica y financieramente; y el Sirdar conservó en su forma de vida la antigua tradición Sufi de no interesarse en las posesiones mundanas. De vez en cuando, este rasgo causaba complicaciones considerables, como cuando de repente descubrió que no había tomado la precaución de conseguir el domicilio británico: el endurecimiento de las normas de residencia le obligó a abandonar el centro de estudios del Sufismo que había creado en Inglaterra y buscar un nuevo hogar en Marruecos. Este desarraigo fue bastante grave para un hombre de su edad; podría haberse evitado si se hubieran tomado las precauciones adecuadas. Desafortunadamente, me enteré demasiado tarde como para ser de ayuda, lo que era característico de Sirdar Ikbal Ali Shah, que odiaba infligir sus dificultades personales a sus amigos. ¿Puede este episodio haber inspirado a Saiyid Idries a incluir en su libro La exploración dérmica la fábula instructiva del ictiólogo que, dedicando su vida al estudio del pez dorado, descubre demasiado tarde que ha violado la ley por falta de los certificados necesarios de las normas de los derechos animales?[10]

Idries Shah nunca ha caído en esta clase de trampa. Combina la astucia y la perspicacia para los negocios con la mente inquisitiva y la profunda visión filosófica que distingue a su padre. Además, mientras que Sirdar Ikbal Ali Shah, que fue pionero en el estudio efectivo de la filosofía Sufi en Occidente, descubrió que no era el momento adecuado para que su mensaje fuera apreciado en su justo valor, Idries Shah descubrió que, en esta época de incertidumbre espiritual y una reacción naciente contra el materialismo prevaleciente, las perspectivas y las prácticas del Sufismo están satisfaciendo exactamente las necesidades que muchas personas experimentan ahora. Recuerdo el dicho persa, citado en Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudín de Saiyid Idries Shah: ‘Si el Padre no puede, el Hijo puede llevarlo a su conclusión’[11].

*F. Rushbrook Williams (1890 – 1978) fue director de los servicios orientales de la BBC y también catedrático de la historia moderna de la India de la Universidad de Allahabad

[1] Foster, W., “The Family of Hashim,” en la revista Contemporary Review (mayo 1960)

[2] Lady Sale, The First Afghan War, ed. Patrick Macrory (Londres, 1969), p. 61

[3] C. E. Buckland, C.I.E., Dictionary of Indian Biography (Londres, 1906), p. 374,

[4] Idries Shah, Cuentos de los derviches

[5] Por ejemplo sus libros The Spirit of the East (Londres, 1939); The Oriental Caravan (Londres, 1933)

[6] Sirdar Ikbal Ali Shah, Kemal—Maker of Modern Turkey (Londres, 1934); y también The Controlling Minds of Asia (Londres, 1937)

[7] Por ejemplo Eastward to Persia (Londres, 1930), Westward to Mecca (Londres, 1928), The Golden East (Londres, 1931), Arabia (Londres, 1931).

[8] The Prince Aga Khan (Londres, 1933)

[9] Sirdar Ikbal Ali Shah, Islamic Sufism (Londres, 1933).

[10] Idries Shah, La exploración dérmica, p. 9

[11] Idries Shah, Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudín, p. 9

Link Original:https://idriesshahfoundation.org/es/el-sirdar-ikbal-ali-shah/?fbclid=IwAR32iR7j-ACpadA9E5h9pORWn5RumDra5C7njuUX4ePLOFoKHI5JHH6v9C0

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