La forma más frecuente adoptada por la manifestación de la decepción, es la bravuconada: “¿Cómo puede un chiste ser espiritual?”; “eso a mí no me suena muy profundo…”. Lo que realmente está ocurriendo es que el perplejo y por demás frustrado comentarista está de alguna manera en la misma posición que el niño con la mosca.

Se recordará que había una vez un niño que atrapó una mosca y la desmembró. Le quedaron una cabeza, un cuerpo, alas y patas; pero no podía encontrar a la mosca en sí en ningún lugar. Lo que no supo observar fue que cuando se ensamblaban y operaban, las partes que tenía en su mano eran en la mosca. Funcionaban como una mosca y no podían ser consideradas como una no mosca. La mosca volaba; y el vuelo de la mosca, a pesar de la perplejidad del muchacho, era el ejercicio de al menos una de sus funciones.

De modo similar, por supuesto, la operación del chiste, antes de ser diseccionado, es indiscutible. No es culpa de la mosca si el niño no puede comprender cómo y por qué vuela, o cómo y por qué sus partes no se parecen a la mosca completa. De ahí que, por supuesto, cuando estamos tratando con un observador que trabaja en este nivel de superficialidad, no estamos bajo obligación alguna de ocultar lo que realmente constituye su estupidez.

Una vez llevamos a cabo un experimento específicamente ilustrativo para demostrar esta limitación del mofador. Cuatro ignorantes, considerados sin embargo como gente de cierta perspicacia intelectual, menospreciaron la posibilidad de la acción tanto psicológica como espiritual del humor, afirmando que ellos podían “hacerlo igual de bien”.

Sin embargo, cuando fueron desafiados a hacerlo, dos rehusaron demostrar su comprensión de los chistes. Los otros dos, que aceptaron amablemente, fueron incapaces de proporcionar cualquier análisis estructural de los relatos. Un espectador acaso poco caritativo remarcó en aquel momento que aquí había una ilustración de la incapacidad de la gente acostumbrada al poder sin responsabilidad alguna: no tienes que ser capaz de hacer algo si puedes establecer un argumento lo suficientemente creíble para demostrar que no vale la pena hacerlo.

Pero estos farsantes podrían tomarse como un ejemplo de la posibilidad a la cual se refirió el profesor Robert Ornstein cuando dijo: “Las personas que creen que tienen grandes cerebros por lo general sólo tienen grandes bocas”.

Humor Sufi
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