Mi padre siempre tenía un cuento a mano para desviar nuestra atención, o usarlo para transmitir una idea o un pensamiento. Solía decir que las grandes colecciones de cuentos de Oriente eran como enciclopedias, almacenes de sabiduría y conocimiento listos para ser estudiados, apreciados y valorados. Para él, los cuentos representaban mucho más que un mero entretenimiento: los veía como si fuesen complejos documentos psicológicos formando un cuerpo de conocimiento que, habiendo sido recopilado y refinado desde los albores de la humanidad, era generalmente traspasado de boca en boca.

Cuando murió hace una década, heredé la biblioteca de mi padre. Había cinco cajas reforzadas con etiquetas que decían CUENTOS: VALIOSOS, TRATAR CON CUIDADO. Entre ellos había fábulas de Esopo, Hans Christian Andersen y los hermanos Grimm. Había también colecciones árabes y volúmenes con historias de cada rincón del mundo: desde Albania y China, Camboya, India, Argentina y Vietnam, del África sub-sahariana, Australia, Malasia, de Papúa Nueva Guinea y Japón.

Una vez terminada la renovación de la Casa del Califa, tuve más tiempo disponible; fue así que me senté a leer las cinco cajas de cuentos de la biblioteca de mi padre. A menudo me topaba con anotaciones en lápiz con su letra pequeña y prolija. Muchas de las notas apuntaban a cierta sabiduría encerrada en un cuento, o equiparaban una historia con otra de una región del mundo completamente diferente.

El único set de volúmenes que faltaba era la copia que mi padre tenía de LAS MIL Y UNA NOCHES, la excepcional edición traducida por el erudito y explorador victoriano Richard Francis Burton; recuerdo haber visto de niño esa colección en su estudio: estaba ubicada en un estante a la altura de los tobillos. Mi padre apreciaba muchísimo esa edición, y solía señalar su calidad, o contar cómo se había topado con los diecisiete volúmenes cuando era un jovencito. Decía que había ahorrado durante meses para comprar los libros y que iba cada tarde a pasar un rato admirándolos en la tienda. Mucho después me di cuenta de que era la preciada primera edición ‘Benares’ de ALF LAYLA WA LAYLA, LAS MIL Y UNA NOCHES de Burton.

Los volúmenes estaban encuadernados en una encerada tela negra, con una caligrafía dorada en los lomos. Yo era joven e inexperto, pero eran la cosa más bella que seguramente había visto hasta entonces. Eran tan exquisitos, que les pasaba mis dedos por encima y me inclinaba para oler su esencia.
Olían a clavo.

En una tarde lluviosa llegó una visita a la casa de mis padres. Tenía sobrepeso, pie plano, y fumó como una chimenea desde el momento en que puso un pie dentro hasta el momento en que puso un pie fuera. Yo era demasiado chico como para que me dijeran algo, pero recuerdo a mis padres murmurar antes de que llegara la visita. No sé quién fue, pero era lo suficientemente importante como para tomar té de nuestra mejor vajilla de porcelana y tener rodajitas de limón servidas aparte.

Detrás de la barandilla, lo observé saludar a mi padre y moverse a través del vestíbulo rumbo al estudio. La puerta se cerró detrás de ellos y, cuando finalmente fue abierta, el visitante se movía con dificultad debajo del peso de las NOCHES DE ARABIA. Durante la cena pregunté qué había ocurrido con los libros negro y oro.

El rostro de mi padre pareció ensombrecer. Me miró con fuerza y dijo: ‘En nuestra cultura un huésped es enormemente respetado y honrado, Tahir Jan. Si está bajo tu techo, entonces está bajo tu protección. Tus posesiones están a su disposición. Si llegase a admirar algo, es tu deber regalárselo. Recuerda esto, Tahir Jan, recuérdalo toda tu vida.’

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