Los enlaces entre los sufis y los griegos

 

 

 

 

por Bijan Omrani

En su libro Los Sufis, Idries Shah dedica un capítulo al Awarif el-Maarif, una obra del siglo XIII que describe como el ‘libro de texto derviche estándar’.

Sin embargo, el interés de Shah no se limita al trabajo en sí o a su autor original, Shahabudin Suhrawardi, sino también a su primer traductor inglés, el teniente coronel Wilberforce Clarke, que empezó a publicar secciones del libro en 1891.

Puede que el nombre ‘Wilberforce Clarke’ evoque en el lector imagenes de un señor victoriano arrogante con grandes bigotes, pero en realidad no era nada así. El coronel Clarke, según Shah, también era un derviche, probablemente de la orden Suhrawardi, que mostró gran audacia al presentar ideas derviches a un público inglés hostil, que en aquel entonces consideraba a los derviches como ‘fanáticos manchados de sangre’ gracias a las dificultades del general Gordon en el asedio de Jartum con el ‘mulá loco’ del ‘estado derviche’ de Somalilandia.

Si por un lado la aceptación de Clarke de las ideas derviches molestaba a sus hermanos militares, es probable también que por otro lado sus declaraciones sobre los Sufis no caían bien con los escolásticos de la época: precisamente su afirmación de que las ideas Sufis ya existían en las filosofías de la Grecia antigua.

El capítulo de Shah sobre el trabajo de Clarke no da más detalles sobre el tema, y ​​aúnque la idea se repite en otra sección de Los Sufis, no se analiza con mayor profundidad. Aquí, intentaré sugerir brevemente lo que podría haber tenido en mente Clarke, y más tarde Shah.

Los primeros pensadores griegos que se consideraban filósofos venían de la ciudad de Mileto en la costa de Asia Menor, en la actual Turquía. Mileto era una ciudad comercial rica y bien conectada, que miraba tanto al oeste y las otras comunidades griegas esparcidas por el Mar Egeo, como al este y las antiguas civilizaciones de Mesopotamia, y también al sur hacia Egipto. Como tal, es muy probable que se tratara de un crisol de ideas.

El primero de la escuela de pensadores de Mileto, Tales, vivía alrededor del 650 aC. No se sabe si escribió algún libro, pero varias historias similares a las de Mulá Nasruddin se asocian con él. Una, que luego Chaucer repitió en el sigle XIV, cuenta como Tales iba un día mirando hacia el cielo con tanta atención en sus investigaciones astronómicas que cayó en un pozo negro. Otra cuenta como, después de que le criticaron por la supuesta inutilidad de su filosofía, usó su comprensión del clima para predecir una cosecha abundante de aceitunas, y compró todas las prensas de aceituna en la ciudad antes de la cosecha, y así hizo su fortuna.

Quizás no es de extrañar que muchos de la época tenían sus dudas sobre los filósofos de Mileto. Estos pensadores, a diferencia de los poetas que los precedieron, intentaban explicar el mundo no en términos de leyendas y dioses, como lo hizo, por ejemplo, Hesíodo (siglo VII aC), sino dando una explicación de la creación basada en la física. Tales dijo que todo estaba hecho de agua; este fue su primer elemento. Su alumno, Anaximandro, dijo que las cosas no estaban hechas de agua, sino que de una cosa ilimitada (en griego, apeiron) que existía en un nivel por debajo de la creación. Después de ellos, otro milesiano, Anaxímenes, dijo que el primer elemento era al aire. No había un espacio metafísico separado para los dioses, ningún Olimpo reservado en otro plano. El mundo material era todo lo que existía.

Pero este énfasis en lo material no significaba que habían abolido a los dioses o lo divino; todo lo contrario. Todo en el mundo visible y creado se hizo desde el primer elemento. Las cosas creadas fueron transitorias y falibles. Sin embargo, detrás de ellos yace el primer elemento, que es eterno, omnipresente y todopoderoso, capaz de convertirse en cualquier forma. Como tal, pensaban que era divino. Tales, según Aristóteles, dijo que el ‘alma’ estaba presente en todas partes, y que todas las cosas estaban ‘llenas de dioses’. También según Aristóteles, el pensador y poeta Jenófanes (570-475 aC), se caracterizaba ‘mirando hacia el cielo como todo un conjunto, [declarando] que el Uno es Dios.’ Estos primeros pensadores tienen en común ideas sobre la unidad divina de la creación

Sin embargo, la sensación de que una gran unidad subyace a toda la creación presentaba a estos pensadores con un problema: el de la percepción. La verdad y la eternidad estaban tan presentes y tan cerca que uno podía ponerles las manos encima y mirarlas sólo tocando o mirando el mundo creado. En todas partes existía la santidad, si uno era capaz de verla. No obstante, sólo vivir en el mundo creado no era suficiente; había que entender su valor real, y pasar a la unidad que existía más allá.

La unidad subyacente era como una quimera. Nunca se mostraba como una sola cosa. Siendo la sustancia de toda la creación, tenía todos los opuestos en sí: tierra y aire, fuego y agua. Incluso parecía trascender categorías de lo sagrado y lo profano, e incluso de lo vivo o lo muerto. Una anécdota de Tales, contada por otro autor años después, dice: ‘Tales insistía que no había diferencia entre la vida y la muerte. “¿Por qué entonces”, dijo uno, “no mueres?” “Porque”, le contestó Tales, “no hay diferencia”.’

Como tal, estos primeros pensadores a menudo usaban acertijos y paradojas. El más conocido, Heráclito (535-475 aC), era famoso por sus ‘dichos oscuros’. Insistiendo que el primer elemento era el fuego, hablaba de la paradoja de que todas las cosas parecían diferentes, pero mostrando que aunque eran superficialmente opuestas, más allá existía la unidad: ‘Dios: el día / la noche, el invierno / el verano, la guerra / la paz, la plenitud / el hambre. Cambia como el fuego que, cuando se mezcla con especias, se nombra según el sabor de cada uno.’

Heráclito mostró que para percibir la unidad subyacente divina de la creación, uno tenía que aceptar la naturaleza transitoria del mundo visible y no aferrarse a él. Para encontrar lo que era permanente, había que buscarlo aceptando la impermanencia y el flujo de los contrarios: ‘Las cosas juntas son totalidades y no un todo, algo que se reúne y se separa, que está afinado y desafinado; de todas las cosas viene una unidad, y de una unidad todas las cosas.’

Un pensador posterior del siglo V, Diógenes de Apolonia, lo plantea de manera bastante más directa que Heráclito: ‘Y esta misma cosa es a la vez cuerpo eterno e inmortal, pero del resto surgen algunos, mientras otros fallecen.’

En consecuencia, el desafío para los humanos era romper las convenciones del pensamiento cotidiano: ‘Si no esperas lo inesperado’, dijo Heráclito, ‘no lo encontrarás, ya que no tiene seguimiento ni está inexplorado’. Los buscadores siempre deberían estar listos para desafiar lo que ven, mirar la vida desde otros ángulos: ‘Agua de mar, la más pura y contaminada, potable y saludable para los peces, pero no potable y venenosa para las personas.’

Había que esforzarse para romper la paradoja para llegar a una percepción correcta: ‘Para Dios, todas las cosas son hermosas, buenas y justas, pero los humanos piensan que algunas cosas son injustas, otras justas.’ Para Heráclito, llegar a este nivel de la percepción correcta era como una iniciación, despertando de la oscuridad y moviéndose hacia la luz: ‘Para los despiertos, el universo es único y común, mientras que en el sueño cada persona se desvía hacia un universo privado.’

Llamar el logro de esta percepción correcta una ‘iniciación’ no es una mera metáfora. Las ideas de estos primeros pensadores se reflejaban en los conceptos de los ‘cultos de misterio’ de la misma época, e incluso de la tragedia griega. Los cultos de misterio, dedicados a dioses y diosas como Orfeo, Deméter y Perséfone, o Dionisio, insistían en una iniciación en el culto para así lograr una comunión personal entre el devoto y el dios o la diosa. El camino hacia esta comunión también estaba acompañado de paradojas. Fragmentos de la liturgia misteriosa incluyen la fórmula ‘Vida, muerte, vida’, o ‘Ahora has muerto, y ahora has nacido’.

La mayor expresión de estas ideas en la Grecia clásica se encuentra quizás en la tragedia de Eurípides, Las Bacantes (406 aC), donde retrata muchos de los misteriosos ritos que rodean al dios Dionisio. El dios aparece al comienzo de la obra, después de haber viajado por la India, Asia Central, Persia y Oriente Medio, para llegar al oeste y ‘hacerse [un] dios visible para los griegos.’ Cada aparición de Dionisio está rodeada de contrarios y paradojas. Trasciende el este y el oeste. Aparece masculino y femenino, animal y humano. Cuando está presente, parece estar ausente, y cuando está ausente, parece estar presente. Su presencia hace que el mundo físico cambie su forma: el suelo brota con vino, leche y miel donde se lo ve. Engaña a Pentheus, el rey de Tebas, con acertijos que requieren el conocimiento de un iniciado para comprenderlo correctamente. Enloquece a la gente, pero también le da claridad de vista. Es juguetón y benévolo, pero capaz de salvajismo sin límites si se niega su santidad. Anula todas las convenciones y puede trastornar vidas establecidas o serias.

Quizás fuese esta visión de la unidad de todas las cosas lo que se le ocurría al coronel Clark cuando hablaba del pensamiento Sufi de los griegos, pero tal vez también su calidad paradójica y perturbadora. Las ideas místicas de estos primeros pensadores, como el propio Dionisio, se veían peligrosas para el orden establecido de la religión griega, tal vez tan peligrosas como se consideraban a algunos Sufis en sus propias sociedades; eran las ideas de los de afuera. El mismo Clarke se enfrentó a un prejuicio no diferente en su propia época. Como tal, tuvo coraje no sólo al escribir sobre los derviches, sino también, al proclamar estos puntos de vista ajenos sobre los derviches y los griegos, se mostró digno de estos maestros.

Link Original:https://idriesshahfoundation.org/es/los-enlaces-entre-los-sufis-y-los-griegos/

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