La caballería y el sufismo

 

 

 

 

 

 

 

En muchos países, los rangos militares son bastante parecidos: las distintas calificaciones dentro de las fuerzas armadas individuales son casi las mismas, desde ‘soldado raso’ hasta ‘general’. Los militares en España, Argentina, Chile y otros países latinoamericanos, sin embargo, tienen uno que es único. Este es el ‘alférez’.

Como sugiere la palabra misma, ‘alférez’ tiene un origen árabe, procedente de al-faris, que significa ‘jinete’ o ‘caballero’. En las cortes españolas medievales, el Alférez era un hombre poderoso a cargo del séquito personal del rey. Un titular del puesto fue Álvaro Núñez de Lara, que llevó el estandarte de Alfonso VIII de Castilla en la batalla de Las Navas de Tolosa – una victoria decisiva sobre los moros españoles en 1212 – y que posteriormente promovió en España el culto de Santo Tomás Becket.

Algunos historiadores dicen que Becket tenía una madre mora, lo cual pone de manifiesto una curiosa calidad en las relaciones entre el Islam y la Cristiandad en aquel entonces: que mientras estaban en guerra, existía un intercambio simultáneo de cultura e ideas; un contacto a nivel social. Un ejemplo claro de esto lo vemos en el área de la equitación y el comportamiento caballeresco: las actividades del medieval Alférez.

Uno podría ser perdonado por pensar en la caballería como un concepto occidental nativo, arraigada en nuestra cultura desde las historias de Roland y el Rey Arturo. Los libros y los relatos de los hechos caballerescos sentaron las bases de la literatura europea. Sin embargo, la Chanson de Roland, escrita en el siglo XI y una de las piedras angulares del movimiento caballeresco, da una pista – al igual que la palabra ‘alférez’ – sobre los orígenes del código: el Roland histórico fue asesinado en Roncesvalles por los vascos; el autor de la Chanson, sin embargo, convierte a los enemigos del Roland literario en moros: los actos del héroe altruista se llevan a cabo contra una fuerza musulmana.

La palabra árabe para ‘caballero’ – al-faris – se deriva de la palabra para ‘caballo’, al-faras, y está ligada a al-furisiyya – la tradición árabe de equitación y caballería, también conocida como futuwwa, con claras ideas sobre el honor y una actitud galante e incluso romántica hacia las mujeres, lo cual implica el concepto revolucionario del amor no correspondido. Sin embargo, estas no eran ideas nuevas en el Islam medieval. De hecho, durante la Edad Media ya tenían siglos de antigüedad, con su origen en los tiempos pre-islámicos con las leyendas de Antar y Abla.

Casi desconocido hoy en día en Occidente, Antar es el héroe nacional árabe, un poeta guerrero del siglo VI y el prototipo para los caballeros europeos. Un Rey Arturo del desierto, lucha por la justicia y el honor en toda Arabia y Oriente Medio, sometiendo a los malvados y defendiendo a los débiles con la ayuda de su espada mágica y de su caballo negro Abjer. En todas sus hazañas se inspira en proezas de increíble fuerza y ​​atrevimiento por su amor a la hermosa Princesa Abla, cuya mano busca en matrimonio. Muchos se oponen a esta relación, sin embargo, porque Antar – a pesar de tener un padre noble – es también hijo de una esclava negra, y como tal puede aspirar a poco más que a la vida de un camellero, según las restricciones de la jerarquía del desierto. Debe pasar toda una vida de pruebas para demostrar su valía antes de que Abla pueda ser suya.

Al igual que Roland y Arturo, Antar es a la vez mitológico e histórico. El Antar histórico tuvo el honor de ver las mejores de sus qasidas, u odas, elegidas para estar entre las mu’allaqat: siete poemas que fueron bordados y luego ‘colgados’ de la Kaaba en La Meca. Murió, ya mayor, en batalla luchando contra la tribu Tayy.

El Antar mitológico se extiende más allá de esta historia: los diversos hilos y cuentos sobre sus hazañas se recopilaron por primera vez en Bagdad en el siglo IX en la época de Harún al-Rashid. El Sirat Antar, el Romance de Antar, es una de las épicas más apreciadas y contadas del mundo árabe. Y siglos después de su comienzo, los mitos siguieron creciendo: más tarde Antar se encuentra con los cruzados en Tierra Santa y conoce a la misma gente – los caballeros occidentales – para los que había sido un precursor. En un curioso giro en las relaciones Este-Oeste, las historias escritas sobre él en este momento incluyen sus aventuras secretas con dos cristianas: una, con la hermana del ‘Rey de Roma’, con la que tiene un hijo – Ricardo Corazón de León. Y otra relación, con una princesa franca junto a la cual concibe a Godfrey de Bouillon, líder, ni más ni menos, de la Primera Cruzada.

No es difícil de aceptar que la caballería occidental esté inspirada en las tradiciones islámicas de futuwwa si se mira el intenso contacto entre cristianos y musulmanes durante el período medieval en Tierra Santa, Sicilia y principalmente en España. Caballeros de toda Europa -de Francia, Inglaterra, Escocia, Alemania e Italia – estuvieron involucrados en estos encuentros, llevando las ideas que encontraron, de regreso a los confines del continente. Los ecos entre Arturo y Antar son obvios, desde sus orígenes nobles pero complicados hasta su espada mágica y su trágico final por traición y veneno (y aquí hay un eco adicional del mito nórdico de Balder: Antar es asesinado por una jabalina lanzada por un ciego). A medida que se está muriendo, Antar nunca deja de ser caballeroso, protegiendo a su amada Abla y a su séquito y permitiéndoles escapar mientras él demora a sus enemigos a través de una combinación de fuerza y ​​subterfugio.

Probablemente no es casual que, justo en el mismo momento en que las ideas de la caballería se infiltran en la conciencia occidental desde el mundo islámico, también se esté desarrollando el movimiento del Amor Cortés, derivado también de fuentes islámicas, entre ellas el Anillo de la Paloma, libro sobre el amor escrito en la ciudad española de Játiva durante el siglo XI por Ibn Hazm. Los músicos asociados al movimiento – los trovadores – derivaron su nombre, según Idries Shah y otros, de la palabra árabe tariba – ‘hacer música, cantar, deleitar’. (Otras etimologías apuntan a la palabra trovar, de la que proviene el trouver francés, ‘encontrar’, lo que traza un paralelo interesante con la palabra inglesa ‘busker’ – una especie de trovador moderno – que proviene del español ‘buscar’). La instigadora del movimiento Amor Cortés no era otra que Leonor de Aquitania, madre de Ricardo Corazón de León, cuyo padre mitológico era el legendario héroe árabe Antar … Y así los círculos siguen conectándose: la esposa española de Ricardo, Berengaria de Navarra, era hermana del Rey Sancho, antiguo aliado de los moros. El hermano de Ricardo, el Rey Juan, incluso envió una embajada a los moros durante su propio reinado proponiendo convertirse al Islam.

El Amor Cortés, con su concepto de la mujer inalcanzable y perfecta, nos trae de vuelta a Antar y a su búsqueda constante de ser digno de la Princesa Abla. El simbolismo místico subyacente – la búsqueda del alma para reunirse con lo divino, para ver lo que no se puede ver – es evidente, y se sospecha que detrás del intercambio de ideas caballerescas entre musulmanes y cristianos de la época existía una corriente Súfica, introduciendo ideas muy necesarias a Occidente de una rica herencia en el Este. Ciertamente, Shah sugiere esto en su libro Los Sufis, señalando el vínculo entre la caballeresca Orden de la Garter británica (de la Jarretera) y el maestro Sufi Khidr.

Hoy en día la palabra ‘caballería’ evoca imágenes de una época pasada. El rango español de ‘alférez’ puede ser simplemente una reliquia de ese pasado antiguo, pero la caballería misma ha sido un concepto flexible desde su concepción. Tal vez sus valores de honor, galantería, destreza y habilidad sean tan necesarios hoy como siempre lo han sido. De una forma u otra han existido durante cientos, quizás miles, de años. Son adaptables, y pueden ser adaptados y utilizados de nuevo en nuestros tiempos.

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