Ser diferente

Sobre la originalidad

Cuando yo tenía siete años mi padre me sentó sobre el pasto durante una larga y calurosa tarde de verano, y me dijo un secreto:

“Eres más sabio que casi toda la gente que jamás he conocido”, dijo.

Yo sonreí tímidamente; luego la sonrisa llegó de oreja a oreja.

¿En serio?

Con ojos perdidos en la distancia, mi padre asintió lentamente.

“Sí, lo eres”, susurró. “Es porque eres como supuestamente todos deberíamos ser. Verás, aún no has sido arruinado.”

Parpadeé sorprendido.

“¿Arruinado por qué cosa?”

“Arruinado por la educación, y por la forma en que la gente espera que pienses.”

Mi padre era el escritor y pensador Idries Shah. Él dedicó su vida a observar a la gente de un modo oriental: desde adentro para afuera; le gustaba considerar qué era lo que impulsaba a la humanidad: lo que ansiaban y cómo reaccionaban a ciertas situaciones.

Por lo general su conclusión era que la mayoría de la gente estaba motivada por un deseo innato de atención, o por la necesidad de impresionar a otros simplemente porque sí.

A través de una infancia mágica y a veces bizarra, a mis hermanas y a mí se nos recordaba constantemente algo importante:

Que la sociedad en la que estábamos creciendo intentaba desesperadamente moldearnos.

Como la arcilla forzada dentro de un molde, la sociedad estaba empecinada en hacer pequeños facsímiles de un statu quo aprobado: niños que pensaban, vestían y reaccionaban de una forma apropiada.

La nuestra fue una especia de crianza yin-yang.

En la escuela se nos premiaba por amoldarnos mientras que en casa se nos instaba a cuestionar aquello que era aceptado en el otro hemisferio de nuestras vidas. Nuestros padres nos alentaban a que fuéramos ruidosos, a hacer líos con las pinturas, a fabular palacios en el bosque… y a liberarnos de las ataduras de la obediencia infantil.

Pero, sobre todo, nos animaban a ser originales.

No había moneda más exaltada en nuestro hogar que una mente original: tanto si era para resolver problemas, contar un cuento o simplemente bailar por toda la casa… el acceder a un tipo de comportamiento original e improvisado era el santo grial.

Así como mi padre consideraba que los niños nacían con la configuración humana modelo incontaminada, también creía que el pensar de una forma original es la única manera de vivir una vida que valga la pena.

Con el correr del tiempo, y al haber crecido y con hijos propios, me descubrí transmitiendo la obsesión de ser diferente.

Porque diferentes es como deberíamos ser – no solamente porque es más divertido sino porque sube la apuesta – en las posibilidades de creación y del pensar.

Mis hijos, Ariane y Timur, son adolescentes ahora; pero cuando eran más chicos yo me deleitaba al verlos hacer cosas de una forma que parecía al revés. Pero, por supuesto, era la forma correcta: un tipo de pensamiento que saca provecho de nuestra psiquis original; es esta programación que seguramente nos ha empujado adelante como especie. No estoy diciendo que fue siempre 100% sensata, pero fue inspirada.

Unas pocas semanas antes de que nos mudáramos a una mansión embrujada en el medio de un barrio humilde de Marruecos, cuando Ariane tenía dos años y medio, vivíamos amuchados en un apartamento en Londres. En aquel entonces la preocupación de Ariane era el lápiz labial: poder agarrarlo y embadurnarse la cara con él. Un día, agarró un rouge especialmente bonito de una invitada, corrió al baño e intentó llegar al espejo; pero necesitaba algo sobre lo cual pararse. Cuando la encontré, estaba cubierta de pintalabios color fresa y parada sobre una laptop Apple nueva que ella había ubicado sobre la boca de un balde.

Al principio me había molestado que mi computadora fuese una víctima. Pero, mientras pensaba en ello, me di cuenta de que Ariane estaba recurriendo a una especie de pensar antiguo, original, que por lo general nos lo martillan fuera durante el colegio y nuestras vidas.

La desesperada necesidad en nuestra sociedad de adecuarse y no destacarse (excepto en los modos más obvios), es algo que fascinaba a mi padre. Reflexionando acerca del porqué la mayoría de la gente siente la necesidad de adecuarse, llegó a la conclusión de que esto se debía a una especie de miedo; no un tipo de miedo natural, sino del tipo que nos ha sido implantado desde niños: el miedo al fracaso.

Es absolutamente bizarro.

Pues, al mismo tiempo, mi padre señalaba a menudo que nosotros los humanos nunca dejamos de elogiar a nuestros héroes por su pensamiento original, premiándolos con honores:

Leonardo da Vinci, quien fue distinto a todos sus predecesores.

Picasso, Dali, o Warhol, quienes rompieron el molde.

Incluso James Dyson, cuya aspiradora sin bolsa fue toda una sensación.

El mensaje de nuestro padre para nosotros como niños era: tomar mucho aire, expulsar el miedo al fracaso y el miedo a lo que los demás piensen de ti. Él nos urgía a tomar la vida por las astas de una forma que jamás habíamos hecho antes.

A algo original: algo que no era la persona que nos habíamos transformado.

A zambullirse dentro de uno mismo y encontrar al yo verdadero.

Está ahí dentro, él diría.

Enterrado en lo profundo.

Esperando.

Esperando a que reprogrames tu pensamiento… y que seas el tú que siempre estuviste destinado a ser.

Link Original: http://www.idriesshahfoundation.org/es/ser-diferente/

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