A un Sufi, a los Sufis, no se los puede definir a través de un conjunto único de palabras o ideas; quizás sí con una imagen móvil y hecha de diferentes dimensiones. Rumi, uno de los más grandes maestros místicos, nos dice en un famoso pasaje que el Sufi:

“Está borracho sin vino; saciado sin comida; perplejo; sin comer ni dormir. Es un rey bajo un manto humilde; un tesoro bajo ruinas; ni de aire ni de tierra; ni de fuego ni de agua; un mar sin límites. Tiene cien lunas y cielos y soles. Es sabio a través de la verdad universal… no un erudito de libros.”

¿Es un hombre de la religión? No, es muchísimo más que eso: “Está más allá tanto del ateísmo como de la fe; ¿qué son el mérito y el pecado para él? Él está oculto, ¡búscalo!”

Los Sufis

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A un Sufi




 

 

 

 

 

 

 

Se relata que el maestro Sufi Ibrahim ben Adam estaba un día sentado en el claro de un bosque cuando dos derviches errantes se acercaron; les dio la bienvenida y hablaron de asuntos espirituales hasta el atardecer.

Apenas anocheció, Ibrahim invitó a los viajeros a ser sus invitados durante la cena. Ellos aceptaron inmediatamente, y una mesa servida con los manjares más exquisitos apareció ante sus ojos.

“¿Hace cuánto que eres un derviche?”, preguntó uno de ellos a Ibrahim. “Hace dos años”, replicó él.

“Yo he estado siguiendo el Camino Sufi durante casi tres décadas y jamás se me ha manifestado una capacidad como la que nos has mostrado”, dijo el hombre.

Ibrahim no dijo nada.

Cuando la comida casi se había terminado, un forastero de túnica verde penetró en el calvero. Se sentó y comió algo de las sobras.

Todos se dieron cuenta, a través de una sensación interna, de que este era Khidr, el Guía inmortal de todos los Sufis; esperaron que les impartiera algo de sabiduría.

Cuando se levantó para irse, Khidr simplemente dijo:

“Ustedes dos, derviches, se preguntan acerca de Ibrahim. Pero ¿a qué han renunciado para poder seguir el Sendero derviche?”

“Abandonaron toda expectativa de seguridad y de una vida ordinaria. Ibrahim ben Adam era un poderoso rey, y descartó la soberanía del sultanato de Balkh para convertirse en un Sufi. Esta es la razón por la que está muy por delante de ustedes. Durante sus treinta años, ustedes también han obtenido satisfacciones a través de la misma renuncia: esta ha sido su recompensa. Él siempre se ha abstenido de reclamar pago alguno por su sacrificio.”

Y un momento después Khidr despareció.

La sabiduría de los idiotas

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El milagro del derviche real